La visita

La visita

¿Una huillación terapéutica?

Ana ha acudido a casa de su ama como siempre vestida únicamente con ropa interior. Medias con liguero negro y zapatos también negros, sin tanga, sin bragas y sin sostén, tal como le ha ordenado su ama por correo electrónico. Es tímida, muy tímida. A un nivel estratosférico. Es de esas personas incapaz, ni siquiera, de devolver un electrodoméstico nuevo estropeado de fábrica dentro del periodo de garantía. Tiene una cafetera regalo de Reyes en casa hace 15 días. No ha funcionado desde el principio y no ha dicho nada  a quien se la regaló. Y, por lo tanto, no ha podido cambiarla. Aunque seguramente no hubiera a la tienda ido pese a tener la factura.

El camino desde su casa hasta el estudio de Lady Elisabeth ha sido una tortura mucho más cruel que cualquiera de los castigos a los que la somete su ama en las sesiones a las que acude con regularidad. Prefiere cien mil veces tener los pezones en carne viva fruto de golpes con el látigo a hacer ese trayecto, aún cubierta con un largo abrigo. Tiene la falsa impresión de que todo el mundo sabe qué está haciendo y que se ríen de ella mientras avanza por la calle. Pero lo hace igualmente porque le es mucho más imposible todavía discutir una orden o rogar otro tipo de castigo. 

Cuando le abre la puerta los ojos fríos de su gama se clavan en ella “Vamos a tener que empezar a recortar ese abrigo es demasiado largo, la gente no se da cuenta me lo puta que eres, ya pesaré algo. 

La hace pasar y le arranca la prenda sin el menor miramiento. Al caer al suelo deja ver su cuerpo pequeñito pero robusto. Es una chica  con curvas y algo de sobrepeso. Una circunstancia que no ha contribuido a mejorar sus problemas de timidez, siempre se ha sentido el patito feo de su grupo de amigas. Sin embargo eso sólo ocurre en su mente, a los ojos de cualquier chico es una mujer extremadamente sensual. Caderas marcadas, piernas definidas y pechos abundantes. Con ocho o diez centímetros más sería casi una modelo. Su cara es redonda, sus ojos son negros y lleva una melena negra con zonas rapadas a los laterales. Sólo una chica realmente guapa podía permitirse ese tipo de peinado.  

“Sígueme, tengo una invitada” le dice su ama. De repente se le forma un nudo en la boca del estómago. Una invitada, eso no estaba previsto. Antes de entrar en el salón la mujer gira su cabeza hacia ella y le pregunta ¿quieres decirme algo? Dándole pie a emplear la palabra de seguridad y suspender el juego inmediatamente. No dice nada.

En el salón, sentada en un sillón de esos con orejas, está Dómina Castror. Se llama así por una leyenda del mundo BDSM según la cual la chica había emasculado a uno de sus esclavos. Nadie tiene pruebas de eso pero tampoco dudas de que es capaz de hacerlo.

  • Esta es la esclava de la que te estaba hablando, la que aguanta tanto sin correrse. Dice la ama de la chica en voz alta.
  • ¿Ah sí? Bueno todas las amas fanfarronean un poco hablando de sus esclavos. Contesta la invitada.
  • Yo no fanfarroneo. Ya te lo dije ayer. Es capaz de tirarse una hora aguantando sin siquiera pedir permiso.
  • Bueno, bueno. Eso habría que verlo.
  • Vale, vale. Pues lo vas a ver – Contesta Elisabeth sin ocultar un cierto enojo – A ver Zorra empieza a masturbarte. Dice a continuación sin siquiera mira a su esclava.

Para Ana la orden es extremadamente difícil de cumplir. Si entrar semidesnuda en la habitación había sido un suplicio, exhibirse de esa manera tan impúdica delante de una desconocida superaba todas sus expectativas. Pero ocurre una cosa, para ella la vergüenza es un sentimiento profundamente erógeno, ser humillada la pone a cien. Lo sabe desde los doce años, cuando la profesora la hizo salir a la pizarra a resolver un problema de matemáticas. La bronca recibida al demostrar su impericia provocó un repentino calor y un aumento considerable de la humedad en su entrepierna. Conocía la sensación porque se masturbaba desde los ocho años, pero nunca la había experimentado en público. Cuando terminó la clase fue corriendo el lavabo para tocarse como hacía cada noche antes de dormir. Desde entonces vergüenza y deseo erótico han ido muy ligados.

El roce de sus dedos con su bien lubricado clítoris genera sensaciones placenteras, por ahora bastante controlables. Pero sabe muy bien que eso no va a ser siempre así. Lleva ya unos diez minutos y las olas de excitación y placer van siendo cada vez más frecuentes. Y como no tiene permiso no se corre. Solo cuando su ama le dé permiso tendrá el orgasmo. En la última sesión no se lo había dado hasta una hora. Y en esta puede suponer una mayor dilación.

  • ¿Ves? Es capaz de estarse una hora tocándose sin correrse. Es extraordinaria.
  • Pues perdona que sea escéptica pero no creo que sea fruto del autocontrol. A mí me parece que te toma el pelo.
  • ¿Que me toma el pelo? ¿Pero de qué vas?
  • No te enfades a mí ya me pasó con un esclavo. Resulta que el tío sabía disimular muy bien. Lo mirabas y parecía que se estaba haciendo un pajote impresionante pero en realidad no presionaba. Un día estuvo así casi una hora y media hasta que lo cliché. Y entonces te aseguro que se arrepintió de lo que había hecho.
  • ¿Y tú crees que está haciendo esto? Dice lady Elizabeth lanzándole una fría mirada a su esclava.

Esta conversación la ha llenado de pavor. Nunca ha estado en su ánimo engañar a su ama, es su extrema timidez lo que  le impide pedir permiso para tener un orgasmo. Es como una barrera dentro de su cerebro. La vergüenza la excita y a la vez la bloquea. Puede estar caliente como un tizón y sin embargo no expresar ningún tipo de deseo. Las personas llegan a pensar en ella como un tempano. Pero es todo lo contrario, un volcán activo pero cubierto de nieve.

  • Vale, vale ¿Y cómo lo compruebas?
  • Bueno con ese esclavo fue bastante fácil, lo enculé con un dildo de grandes dimensiones y se corrió a los dos minutos. Cuando el estímulo no dependía de él, entonces todo su autocontrol se iba de golpe.
  • Sí claro pero eso funciona muy bien para los hombres porque tienen próstata, pero para las mujeres…
  • Con las mujeres también funciona. Si es grande estimula el clítoris por detrás y eso las excita muchísimo. Estoy seguro que esa zorrita se correrá en cinco minutos si me dejas meterle el dildo por el culo.
  • Pues yo confío mucho en mi esclava exclama la domina – y se vuelve para lanzar una mirada amenazadora – Por eso te doblo la apuesta. Vamos a penetrarla las dos.

Ana continúa masturbándose, cada vez está más caliente. El roce de sus propios dedos y esa conversación han aumentado muchos grados la temperatura de su entrepierna. Y el miedo no se ha ido, todo lo contrario. Se da cuenta de la extrema dificultad que supone aguantar una doble penetración. El ano es uno de sus puntos más débiles, varias sesiones con su ama se lo han demostrado. Cuando la ha penetrado analmente le ha resultado mucho más difícil aguantar aunque siempre lo ha conseguido. Sin embargo esas penetraciones han sido casi desde el principio, nunca le ha metido un dildo en su estado actual de excitación.

Las dos amas salen del comedor para volver en unos minutos dotadas de sendos dildos colocados en arneses. Son gruesos pero no demasiado, algo que no ha gustado a Ana. Porque si hubieran sido de desproporcionadamente grandes al menos algo de dolor se generaría. Y a ella sentir dolor le ayuda a controlar sus ganas de correrse.

Con una actitud displicente pero a la vez delicada la invitada empieza a untar su ano con lubricante. Ana se prepara para la penetración, relaja el esfínter intentando recibir la acometida en las mejores condiciones. El objeto va entrando poco a poco abriendo sus carnes, con cierto dolor pero absolutamente soportable. Se podría decir que es un poco más que una molestia. Un año y medio aceptando plugs de diferentes tamaños la ha entrenado en el control de esta parte de su anatomía.

Una vez el primer juguete ha conseguido ocupar parte de su recto, le toca el turno al de su ama. Si el primero ha entrado sin mucha dificultad el segundo logra abrirse paso como un cuchillo en la mantequilla. Es evidente la excitación de Ana, su vagina está muy, muy mojada.

Las dos mujeres empiezan a moverse de forma coordinada. Así ambos instrumentos entran y salen de los orificios al unísono. Esto aumenta muchísimo la excitación de la chica y para terminar de arreglarlo la invitada empieza a soltarle susurros al oído. “A mí no me engañas zorrita estoy totalmente segura de que te vas a correr de un momento a otro”.

A partir de este momento los insultos son cada vez más frecuentes y más fuertes. Sin duda la mujer ha adivinado su punto flaco, pero continúa aguantando. En su cerebro se va haciendo cada vez más necesidad de correrse. Y con ella una idea: Pide al menos permiso. No le queda más remedio que seguir aguantando.

Pero la invitada tiene un plan diabólico. Bajando su mano hasta el dildo aprieta un botón para activar su función vibradora.

  • Esto no lo habías dicho”. Dice Lady Elizabeth al notar las vibraciones.
  • Bueno tengo golpes escondidos. Dice riendo Dómina Castror.
  • A mí no me importa ya sabes cómo me gusta el vibrador.

Pero Ana si le importa porque la excitación empieza a nublarle la cabeza. Se da cuenta porque se le han escapado un par de gemidos. Ella nunca suelta gemidos, la vergüenza se lo impide. Quizá al final cuando se corre pero nunca antes, algo le está pasando.

Su orgasmo es su enemigo porque, al no tener permiso, sólo puede ser fuente de sufrimiento. Y el enemigo la tiene totalmente rodeada, está atacando desde todos los frentes. Desde su vagina, desde su amo, desde su clítoris y también desde sus pezones porque la invitada ha empezado a apretarlos y los sabe apretar muy bien sabe darle ese punto de fuerza capaz de generarle un poquito de dolor. Justo lo que le gusta.

Está llegando al límite, siente una gran ansiedad. En su mente le ha pedido permiso a su ama al menos diez veces. Pero ese pensamiento no se ha llegado nunca a materializar. La invitada vuelve a bajar la mano, esta vez para aumentar la frecuencia de la vibración. Esto es insuperable para Ana quien sin saber el como pero conociendo perfectamente el por qué suelta “¿Me puedo correr?”

Casi inmediatamente contesta su ama “Claro que sí cariño solo tenías que pedirlo”. En ese momento Ana se abandona al placer y su cuerpo se agita con múltiples convulsiones. Su espalda se arquea y gemidos de tal volumen que pueden considerarse gritos.

  • Pero si sólo habíamos empezado a jugar. Suelta la invitada con una mezcla de extrañeza y decepción.
  • Yo sé lo que me hago. Contesta la ama de Ana y le da un beso en la boca atrapando así las dos en un sándwich a la chica. Ocultándolo a la vista de Dómina Castror alza el dedo pulgar a la altura de los ojos de su esclava.

Un par de días más tarde Ana está en la tienda de electrodomésticos con la cafetera. “No funciona, me la regalaron para reyes y no he podido hacer ni un café” le dice al empleado con las mejillas enrojecidas. El chico con total indiferencia le contesta “Bueno, está en garantía. Miraremos si la podemos reparar y si no le daremos otra”.

Ana sale de la tienda contenta por primera vez en su vida ha conseguido hacer una reclamación.

Inspirado en el juego:

Humillación masturbatoria ante dos personas

Humillación masturbatoria ante dos personas
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