La pinza

La pinza

Una pinza de carne humana.

Cuando Julia se ha presentado esta noche en casa de Pablo sabía perfectamente que iban a follar. Bueno, que iban a follar si ella quería porque el chico había dejado bien claras sus intenciones.

Nunca se había encontrado a nadie similar. Desde el principio se comportó con total y absoluta sinceridad, dejando clara su intención de ligar con ella. Sin embargo nunca llegó a pensar en esa disposición como una entrega total. Siempre apreció una actitud expectante, mandaba constantemente un mensaje subliminal: Me gustas pero no me tienes del todo ganado, muéstrame más cosas.

Ella está acostumbrada a otras actitudes masculinas. Por su anatomía, especialmente agraciada, la mayoría de hombres o bien babean o bien toman esa actitud desafiante tan de moda gracias a youtubers de tres al cuarto, autodenominados gurús de la seducción. También están los que tiran la toalla sólo con verla y la tratan de forma aséptica o fraternal. A veces se trata de personas interesantes, pero su actitud pasiva, incluso contemplativa no la motiva en absoluto. Sin embargo, Pablo se ha portado de forma muy diferente. Ha sabido generar ganas de conocerlo más. Siempre educado, siempre con sentido del humor, siempre avanzando con respeto, se la ha ido ganando.

Pero eso no ha sido lo más peculiar de la velada. La cena ha sido ya un poco especial. Normalmente los hombres acostumbran a darle largos monólogos sobre sus profesiones y habilidades cuando no de su ex, de política o incluso de fútbol. Se pasan la velada comunicando exactamente lo contrario de lo deseado para, de golpe y porrazo lanzarse sobre su boca con cara de maníaco. Esta actitud convierte normalmente el encuentro en un desastre. A no ser que el individuo en cuestión le resulte extremadamente atractivo.

Pero hoy ha sido diferente. Durante toda la cena la ha ido calentando a través de sus palabras. Sin prisa pero sin pausa sus comentarios han ido subiendo de tono. Lo ha hecho de forma progresiva, sin altibajos, como si estuviera cociendo a fuego lento. Sólo al final, cuando la situación ya estaba muy caldeada le ha soltado: “Si continuas mirándome así no tendré más remedio que besarte”. Y sin pedir en absoluto permiso se ha acercado a escasos cinco centímetros de su boca, dejándole a ella la decisión de continuar o de parar ahí. A estas alturas la chica estaba totalmente rendida a sus encantos. Y no era precisamente en un beso en lo que estaba pensando.

Al entrar en el dormitorio el chico se ha continuado comportando con delicadeza y educación. Pero también con firmeza y confianza. Le ha quitado una a una todas las prendas de su vestimenta, sin forzar, sin  apresurarse, deteniéndose a alabar su buen gusto eligiendo la ropa interior. La ha calificado de lujo erótico. Y también le ha explicado que sería una pena prescindir de ella haciendo tan buen conjunto con su cuerpo, por eso se la ha dejado puesta. Por su parte él se ha ido desnudando con sumo sigilo hasta perder totalmente su ropa, ni siquiera se ha dado cuenta hasta notar el contacto piel con piel. Y no se ha dejado los calcetines puestos.

La sorpresa ha llegado en el momento de ir a la cama porque en lugar de tumbarla sobre ella, como suele pasar, se ha adelantado colocándose recostado sobre una pila de cojines. A continuación la ha guiado con la mano hasta tenerla también sentada entre las piernas. Una postura desconocida para ella, seguramente sacada de algún capítulo olvidado del Kamasutra.

Ha puesto además los brazos por encima del hombro y las piernas sobre sus muslos, atrapando así su cuerpo como lo hacen las pinzas con la carne en una barbacoa.  Colocados así el chico ha podido emplear las manos para recorrer todo su cuerpo con caricias suaves, pero a la vez excitantes. Y al tirar suavemente de ella hacia sí le ha permitido notar su pene erecto justo encima de las lumbares, consiguiendo así calentarla aún más

La chica tiene libertad de movimiento porque el abrazo es laxo, pero es plenamente consciente de que, si él quisiera, la podría tener amarrada sin ningún problema. En ese momento, aprovechando la cercanía de su boca al oído, Pablo le da una orden: “Mastúrbate”. 

“¿Mastúrbate? ¿Ha dicho mastúrbate?” piensa la mujer. Era la primera vez que alguien le proponía algo así. Normalmente las demandas de los chicos iban por otros derroteros. Esta preparada para negarse a ciertas cosas como la penetración anal, pero esa proposición la ha dejado totalmente descolocada.

–        ¿Sabes hacerlo?” le dice con un tono socarrón.  

–        Claro, soy una experta. Le contesta siguiendo la broma.

–        Pues demuéstramelo.

Ella, medio en broma medio en serio, empieza a acariciarse la vulva. Considera esto un preliminar un poco extraño, pero anticipa que quizá la va a poner a cuatro patas y penetrarla por detrás. Sin embargo pasan los minutos y no se produce cambio alguno. Solo las manos del muchacho suben y bajan por los laterales de su cuerpo llegando cerca de los senos pero sin tocarlos.

La situación y sobre todo el roce continuo sobre su clítoris empiezan a hacer su trabajo. No es usual, pero tampoco le produce repulsa alguna. Además decide contraatacar y moviendo hábilmente las caderas frota su zona lumbar contra el pene del chico que nota durísimo. Pero esto no dura mucho porque las sensaciones placenteras se van apoderando de su voluntad y pierde progresivamente el control hasta dejar de intentarlo.

“Te gusta tocarte ¿verdad zorra?” Escucha también en forma de susurro. Por un momento la sorpresa se apodera de su cerebro, la ha llamado zorra. Ese chico que durante todos los encuentros y la comida se ha comportado de una forma extremadamente educada y ha demostrado tener una gran cultura, ha empleado la palabra zorra para referirse a ella. Lejos de incomodarla parece ponerla todavía más caliente. En una ocasión un hombre le dijo algo parecido, pero le resultó muy desagradable. Ahora no, ahora no sólo lo tolera, también lo agradece. Quizá entonces la había pillado en frío, ahora estaba muy caliente. Era un poco como cuando intentas prepararte el colacao. Si la leche está fría se forman grumos, pero si la calientas entonces ocurre una disolución casi perfecta. Resultando así mucho más apetecible.

Los comentarios del chico van incrementando en suciedad, y con ellos su excitación. Justo ahora pasa a centrarse en sus dos pechos, los sostiene con la mano de tal forma que índice y pulgar pueden trabajar el pezón con total eficacia. Las caricias sobre diferentes partes de su cuerpo han resultado ser un estímulo poderoso, pero la pinza suave y caliente formada sobre los pezones la ha hecho subir al siguiente nivel de excitación. El secreto está, seguramente, en dar a sus dedos una presión suficiente como para generar placer y no dolor. Hasta ahora los chicos o bien han pasado de forma superficial como si de un moretón o de una herida infectada se tratara, o bien han apretado tanto que le han producido dolor y cortado el rollo por completo.

Sea como fuere ahora las sensaciones placenteras se han apoderado de su cuerpo. Su respiración se ha vuelto agitada, de su boca salen gemidos cada vez más fuertes y algún que otro músculo cercano a la vulva empieza contraerse involuntariamente. De repente, junto a una fuerte oleada de placer, le llega la necesidad de estirar brazos y piernas de forma descontrolada. El orgasmo es inminente. Pero justo en ese momento, cuando pierde totalmente el control de su cuerpo, nota los brazos y los pies de su amante enredándose en su cuerpo y bloqueando totalmente su movimiento.

Cuando se corre siempre junta las piernas. Ahora no puede y la lucha encarnizada entre sus muslos y las piernas del muchacho multiplica enormemente su sensación de placer. Nunca le ha pasado algo similar. Algún que otro amante le había retenido los brazos o incluso apretado el cuello en una simulación de estrangulamiento, pero nadie le había hecho una llave de lucha libre de tal calibre. El orgasmo se manifiesta de forma violenta, con un placer muy superior al esperado.

Tras esos segundos de placentera tensión se relaja por completo abandonándose al confortable abrazo del chico. “Estás muy bonita cuando te corres” le susurra al oído. Sorprendida  gira el cuello ¿Cómo ha podido darse cuenta? Si ha estado todo el rato detrás de ella. Es en ese momento cuando la chica se apercibe de la presencia en la pared de un gran espejo de esos de cuerpo entero, como los que usa para vestirse. Todo el rato se ha estado exhibiéndose ante si misma.

O bien la situación o bien su tendencia a cerrar los ojos cuando es estimulada placenteramente, le han impedido percatarse de la presencia de tal mueble. Pero no le importa, acaba de tener una experiencia muy satisfactoria. El chico educado y culto ha resultado ser un pervertido de toma y lomo. Toda una agradable sorpresa. Ha sido como cuando vas al restaurante a comer el solomillo de siempre y el metre te sugiere añadirle una exquisita salsa, creación de la casa.

Se encuentra perfectamente en los confortables brazos de Pablo, pero pasado un tiempo vuelve a tomar conciencia de la presión en la parte inferior de su espalda. Esto sólo ha sido el primer asalto, ha llegado el momento de ser educada con su anfitrión.

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