Limpieza

Tras el aquelarre las bruja o brujo novato deberá lavar y ordenar el lugar llevando un dildo vibrador en el ano. Puedes hacerlo más interesante si le introduces uno con mando a distanacia.

Jaime y Ana participan como novicios en un aquelarre, donde son sometidos a todo tipo de humillaciones por parte de brujos y brujas veteranas. Jaime lleva una máscara de macho cabrío con cuernos retorcidos elaborada en cuero oscuro, un chaleco de piel sintética negra que cubre discretamente su barriga, pantalones oscuros ajustados que terminan en pezuñas teatrales, un collar de cascabeles y amuletos, guantes sin dedos con anillos plateados, y una capa corta de terciopelo burdeos. Ana viste un corsé de encaje negro que se ciñe a su torso realzando su pecho medio, una minifalda asimétrica de tul negro con capas superpuestas, medias de red negras con ligueros rojos visibles, botas de tacón alto hasta la rodilla, guantes de encaje negro sin dedos hasta los codos, y un sombrero de bruja puntiagudo sobre su melena pelirroja.

Durante la ceremonia, ambos son sodomizados repetidas veces por los participantes veteranos, obligados a probar diversos fluidos corporales y a beber un brebaje asqueroso cocinado en un gran caldero. Toda la experiencia resulta profundamente humillante para la pareja.

La maestra de ceremonias los llama con un gesto imperioso. Su voz resuena en el local mientras les explica la última prueba de la noche.

«Ahora deberéis limpiar y ordenar todo el lugar,» anuncia con una sonrisa maliciosa, «pero no va a ser tan fácil. Lo haréis llevando el sello de Belcebú.»

Un ayudante encapuchado se acerca con una caja de plata ornamentada. Al abrirla, se revelan dos plug anales metálicos de un tamaño considerable, brillando bajo la luz de las velas. Jaime y Ana intercambian miradas nerviosas mientras los demás participantes observan con anticipación.

Con un gesto de la mano, la maestra de ceremonias ordena a cuatro ayudantes encapuchados que se adelanten. Estos agarran firmemente a Jaime y Ana, forzándolos a adoptar una postura humillante en la que sus cabezas quedan hacia abajo y sus nalgas expuestas hacia arriba. Los novicios intentan resistirse, pero los veteranos son demasiado fuertes.

La maestra se acerca a Ana con un cuchillo ceremonial. Con un movimiento preciso, corta el tanga de encaje negro que la mujer aún llevaba puesto, dejando sus nalgas completamente expuestas ante la mirada de todos los presentes. Ana gime de vergüenza mientras siente el frío metal del plug anal presionando contra su entrada.

La penetración es dolorosa. Ana lo nota frío y siente un dolor agudo que le recorre la espalda, no en vano su ano ha sido usado durante toda la noche por varias personas. Cuando la maestra lo empuja sin miramientos, Ana suelta un grito desgarrador que resuena en el local. Lágrimas de humillación ruedan por sus mejillas mientras el plug se introduce completamente en su interior.

Jaime es el siguiente. Los ayudantes lo mantienen firmemente sujeto mientras la maestra se acerca con el cuchillo ceremonial. Con movimientos precisos, corta el pantalón oscuro del hombre, rasgando la tela desde la cintura hasta las piernas y dejando sus nalgas completamente expuestas. Jaime siente la humillación quemar su rostro mientras todos observan. La maestra entonces repite el procedimiento, insertando el segundo plug en su ano igualmente castigado. Él aprieta los dientes, tratando de mantener la compostura mientras el metal frío penetra en su interior.

Con los plug anales firmemente insertados, Jaime y Ana comienzan su humillante tarea de limpieza. Cada movimiento hace que el metal frío se desplace en su interior, recordándoles constantemente su posición de sumisión.

Los veteranos no tienen intención de facilitarles el trabajo. Mientras Ana intenta recoger las velas derretidas del suelo, agachándose con dificultad por el plug, una bruja veterana se acerca por detrás y le da una palmada fuerte en el trasero. El impacto hace que el plug se mueva bruscamente, arrancándole un gemido involuntario. Los presentes estallan en carcajadas.

Jaime, tratando de ordenar los cojines ceremoniales, siente manos anónimas que le tocan el pecho, le pellizcan los pezones a través del chaleco de piel sintética, y le agarran el trasero sin ningún pudor. Alguien le da un empujón juguetón que casi lo hace caer, y el movimiento brusco hace que el plug se hunda más profundamente, provocándole un escalofrío de dolor y vergüenza.

Una pareja de veteranos rodea a Ana mientras ella intenta limpiar el caldero. El hombre le levanta la minifalda asimétrica, exponiendo el plug que sobresale entre sus nalgas, mientras su compañera se ríe y comenta en voz alta el aspecto «decorativo» que tiene. Ana siente las lágrimas acumularse en sus ojos mientras continúa fregando, consciente de todas las miradas lascivas sobre ella.

Los cascabeles del collar de Jaime tintinean con cada movimiento torpe, como si anunciaran su humillación a todo el local. Un brujo veterano le hace tropezar deliberadamente, y cuando Jaime cae de rodillas, el dolor del plug se intensifica. El veterano se inclina sobre él y susurra algo obsceno al oído, provocando más risas entre los observadores.

La maestra de ceremonias observa todo desde su trono improvisado, satisfecha con el espectáculo. De vez en cuando da órdenes adicionales: «Jaime, ese rincón está sucio. Ana, has olvidado los vasos.» Cada nueva instrucción viene acompañada de más tocamientos, más empujones, más burlas por parte de los asistentes que claramente disfrutan del poder que tienen sobre los novicios.

La maestra de ceremonias se levanta de su trono improvisado, y un silencio expectante llena el local. En su mano derecha sostiene dos pequeños mandos a distancia negros, que hace girar entre sus dedos con una sonrisa maliciosa.

«Creo que podemos hacer esto mucho más interesante,» anuncia con voz clara y autoritaria.

Los veteranos comprenden inmediatamente la implicación. Los plug anales que llevan insertados Jaime y Ana no son simples piezas de metal, sino vibradores controlables a distancia. Una ola de carcajadas estalla entre los presentes, llenando el espacio con una mezcla de anticipación y crueldad.

Ana y Jaime intercambian miradas de pánico, comprendiendo lo que está por venir. La humillación está a punto de alcanzar un nuevo nivel.

La maestra de ceremonias presiona el primer botón del mando a distancia. Inmediatamente, el plug anal de Ana comienza a vibrar con intensidad. La sensación es abrumadora: las vibraciones del potente vibrador interno no solo se concentran en su ano, sino que se propagan directamente a través de la delgada pared de tejido hacia su vagina y clítoris. Ana suelta un gemido involuntario, dejando caer el trapo que sostenía mientras su cuerpo se tensa.

La maestra sonríe satisfecha y pulsa el segundo mando. El plug de Jaime cobra vida, y el efecto es inmediato y devastador. El vibrador impacta directamente contra su próstata, enviando oleadas de placer forzado a través de su cuerpo. A pesar de la humillación, a pesar del dolor residual, su cuerpo responde de manera involuntaria.

En cuestión de segundos, Jaime siente cómo su pene comienza a endurecerse. Intenta contenerse, intenta pensar en cualquier cosa que pueda detener la reacción física, pero es inútil. La estimulación constante de la próstata es demasiado intensa.

Y entonces se da cuenta de algo horrible: el corte que la maestra había hecho en su pantalón no se había limitado a la zona del trasero. La rasgadura se extendía mucho más allá de la zona perianal, dejando completamente expuestos sus genitales. Su erección creciente queda visible para todos los presentes.

Las carcajadas estallan con renovada fuerza. Los veteranos señalan abiertamente, algunos se acercan para ver mejor el espectáculo. Jaime siente que su rostro arde de vergüenza mientras su pene erecto se balancea con cada movimiento torpe que hace al intentar continuar limpiando.

«¡Miren al limpiador erecto!» grita alguien entre la multitud, y la frase es inmediatamente adoptada por los demás.

«¡El limpiador erecto! ¡El limpiador erecto!» corean los asistentes, riendo y aplaudiendo mientras Jaime, con lágrimas de humillación en los ojos, intenta continuar con su tarea, su erección involuntaria expuesta para el disfrute cruel de todos los presentes.

Ana, mientras tanto, lucha contra las vibraciones que la recorren, tratando desesperadamente de mantener el equilibrio mientras limpia, consciente de que su compañero está sufriendo una humillación aún mayor al lado suyo.

Producto de una fuerte ola de placer, Ana cae de rodillas soltando un grito desgarrador. El impacto contra el suelo hace que el plug vibrante se hunda aún más profundamente, intensificando las sensaciones que recorren su cuerpo. Sus manos se apoyan temblorosas en el suelo mientras intenta recuperar el aliento.

El público celebra su caída con risas y aplausos. Los veteranos disfrutan del espectáculo, señalándola y comentando entre ellos sobre su «debilidad» y su «falta de resistencia».

Un hombre corpulento se adelanta entre la multitud, portando una fusta de cuero negro. Se acerca a Ana con pasos decididos, haciendo chasquear la fusta en el aire para llamar la atención de todos.

«¡Arriba!» ordena con voz autoritaria. «La limpieza no ha terminado. ¡Continúa con tu trabajo!»

Ana intenta incorporarse, pero sus piernas tiemblan por las vibraciones constantes. El hombre no tiene paciencia. La fusta desciende con un chasquido seco sobre sus nalgas expuestas, arrancándole un grito de dolor. El impacto hace que el plug se mueva bruscamente en su interior.

«¡He dicho que continúes!» repite el hombre, y la fusta vuelve a golpear sus nalgas, dejando una marca rojiza en la piel pálida.

Ana solloza mientras intenta ponerse de pie, pero sus movimientos son torpes y lentos. Cada segundo de retraso es castigado con otro golpe de fusta. El cuero impacta sin piedad contra sus nalgas una y otra vez, mientras la maestra de ceremonias mantiene las vibraciones del plug al máximo.

El hombre la sigue mientras ella gatea por el suelo, intentando recoger los objetos que había dejado caer. Cada vez que se detiene, cada vez que su ritmo disminuye, la fusta cae sobre ella. Las marcas rojas se multiplican en sus nalgas, contrastando con la palidez de su piel.

Los veteranos observan complacidos, algunos animando al hombre con la fusta, otros riéndose de los intentos desesperados de Ana por cumplir con su tarea mientras su cuerpo es asaltado por sensaciones contradictorias de placer forzado y dolor agudo.

Jaime, todavía luchando con su propia humillación y su erección visible, observa impotente el castigo de su compañera, consciente de que cualquier intento de intervenir solo resultaría en un castigo mayor para ambos.

Jaime lo está pasando realmente mal. Las vibraciones constantes del plug contra su próstata lo mantienen en un estado de excitación forzada que amenaza con desbordarse en cualquier momento. En varias ocasiones ha tenido que detenerse en medio de sus tareas de limpieza, cerrando los ojos con fuerza y contrayendo desesperadamente los músculos pubococcígeos para evitar correrse delante de todos los presentes. Su erección sigue completamente visible, balanceándose obscenamente con cada movimiento que hace.

Pero la maestra lo observa. Desde su posición elevada, sus ojos experimentados detectan cada señal: la tensión en los hombros de Jaime, la forma en que sus piernas se ponen rígidas, cómo su respiración se vuelve errática. Ella conoce perfectamente los signos de un hombre al borde del orgasmo.

Y prepara su ataque.

En un momento estratégico, cuando Jaime parece haber recuperado algo de control sobre su cuerpo, la maestra de ceremonias presiona el botón del mando a distancia. Las vibraciones del plug se detienen abruptamente.

Jaime respira profundamente, aliviado. Su cuerpo comienza a relajarse ligeramente, aunque su erección permanece visible. Piensa que tal vez el castigo ha terminado, que tal vez tendrá un respiro. Continúa con sus tareas de limpieza, intentando concentrarse en ordenar los cojines ceremoniales.

Pasan unos segundos. Jaime empieza a sentirse más confiado, más en control de su cuerpo.

Y entonces, sin previo aviso, la maestra pulsa el botón con fuerza, llevando el vibrador a su máxima potencia.

La explosión de sensaciones es inmediata y devastadora. Las vibraciones brutales impactan contra la próstata de Jaime con una intensidad que supera todo lo anterior. Su cuerpo se pone completamente rígido, todos sus músculos se tensan de golpe.

No hay forma de controlarlo. No hay forma de detenerlo.

Jaime eyacula violentamente, su pene erecto pulsando mientras chorros de semen salen disparados de su cuerpo. El primer chorro sale con tal fuerza que cruza el espacio frente a él, aterrizando directamente en la blusa negra de una bruja veterana que estaba observando el espectáculo desde unos metros de distancia.

La mujer mira hacia abajo, incrédula, viendo la mancha blanquecina que ahora decora el tejido oscuro de su prenda. Su expresión pasa de la sorpresa a la furia en cuestión de segundos.

Los siguientes chorros de semen caen sobre las botas de cuero de otros veteranos que se habían acercado demasiado, manchándolas con el líquido viscoso. El resto gotea sobre el suelo que Jaime había estado limpiando momentos antes, formando pequeños charcos que contrastan con la superficie oscura.

Un silencio estupefacto llena el local por un instante. Luego, las carcajadas estallan con renovada intensidad, mezcladas con gritos de indignación de aquellos que han sido salpicados.

Jaime se queda paralizado, horrorizado por lo que acaba de suceder, mientras la bruja veterana con la blusa manchada se acerca hacia él con una mirada asesina en los ojos.

La bruja veterana con la blusa manchada levanta su látigo de cuero trenzado, sus ojos ardiendo de furia. El látigo silba en el aire antes de impactar con un chasquido brutal contra el pecho desnudo de Jaime, dejando una marca roja inmediata.

«¡¿Pero qué coño te has pensado, novato de mierda?!» grita con voz llena de rabia, mientras el látigo vuelve a descender, esta vez golpeando su espalda. Jaime grita de dolor, su cuerpo aún temblando por los espasmos del orgasmo forzado.

El látigo impacta una y otra vez: en sus brazos, en su torso, en sus muslos. Cada golpe arranca gritos de agonía mientras las marcas rojas se multiplican sobre su piel.

«¡Ya me estás limpiando!» ordena la bruja, señalando furiosamente su blusa manchada. «¡Con tu lengua! ¡Ahora mismo!»

Jaime, sollozando y temblando, se arrastra hacia ella mientras los demás veteranos observan con satisfacción cruel. El plug aún vibra en su interior, recordándole que su humillación está lejos de terminar.

La voz de la maestra de ceremonias resuena autoritaria por encima del tumulto:

«¡Deteneos!»

La bruja veterana se detiene con el látigo en alto, respirando agitadamente. El silencio vuelve a caer sobre el local mientras todos esperan las palabras de la maestra.

«El novato ha cometido una falta grave,» declara la maestra con voz grave y ceremonial. «Pero será la otra novata quien la repare.»

Se gira hacia Ana, que sigue de rodillas en el suelo, temblando por las vibraciones constantes del plug en su interior.

«Ana, acércate. Tú limpiarás la blusa y las botas de nuestra hermana veterana con tu lengua,» ordena la maestra. Luego añade con énfasis cruel: «Y también el suelo donde cayó su semen. Pero no lo tragues. Lo mantendrás en tu boca.»

Ana se arrastra hacia la bruja veterana, sus movimientos torpes por las vibraciones que aún la recorren. Las lágrimas corren por sus mejillas mientras se acerca a la mancha blanquecina en la tela oscura.

La bruja veterana mira a la maestra y pregunta con voz contenida:

«Maestra, ¿tengo vuestro permiso para continuar con el castigo corporal?»

La maestra sonríe con crueldad.

«Tienes mi permiso,» responde. «Y lo amplío. Puedes azotar tanto a Jaime como a Ana mientras ella realiza su tarea. Que aprendan juntos la lección.»

La bruja veterana sonríe satisfecha y hace chasquear el látigo en el aire. Ana comienza su humillante tarea, extendiendo la lengua hacia la tela manchada, mientras el primer latigazo desciende sobre sus nalgas ya enrojecidas, arrancándole un gemido ahogado.

La maestra de ceremonias observa la escena con satisfacción, sabiendo perfectamente un detalle crucial sobre Ana que hace esta situación aún más humillante: Ana es extremadamente aprensiva con los fluidos corporales. Hasta hace muy poco tiempo, nunca le había practicado sexo oral a su marido. Había comenzado a hacerlo recientemente, pero siempre rechazaba la eyaculación al final, apartando la cara con asco en el último momento.

Y ahora se ve obligada a lamer el semen de otro hombre de una blusa, de unas botas, del suelo… y mantenerlo en su boca sin tragarlo.

Ana se acerca a la primera mancha en la blusa negra, su rostro contorsionándose de repulsión. Extiende la lengua temblorosa hacia la tela, y en el momento en que toca el líquido viscoso y frío, una arcada violenta sacude su cuerpo.

El látigo de la bruja veterana desciende inmediatamente sobre sus nalgas con un chasquido brutal.

«¡Continúa!» ordena la bruja con voz severa.

Ana solloza pero obedece, pasando la lengua sobre la mancha mientras otra arcada amenaza con hacerla vomitar. El sabor salado y amargo invade su boca, provocándole náuseas intensas. Sus hombros se sacuden por el esfuerzo de contener el vómito.

Otro latigazo cae sobre ella, esta vez en la parte baja de la espalda. Ana gime de dolor pero sigue lamiendo, recogiendo el semen con la lengua y acumulándolo en su boca como le han ordenado. Sus mejillas se hinchan ligeramente mientras el líquido viscoso se acumula dentro.

Cuando termina con la blusa, debe bajar hacia las botas de cuero. Se arrastra sobre sus rodillas, el plug vibrando constantemente en su interior, mezclando sensaciones de placer forzado con el asco profundo que siente. Su lengua recorre el cuero oscuro, limpiando cada gota de semen mientras las arcadas continúan sacudiendo su cuerpo.

El látigo no cesa. Cae sobre sus nalgas, sobre su espalda, sobre sus hombros. Cada impacto arranca gemidos ahogados de su garganta, pero no puede gritar abiertamente porque debe mantener el semen en su boca.

Finalmente debe limpiar el suelo. Ana se inclina hasta que su rostro casi toca el suelo frío, extendiendo la lengua hacia los pequeños charcos que se han formado. Esta es la peor parte. El semen del suelo está mezclado con polvo y suciedad, su textura aún más repugnante. Las arcadas se intensifican, su estómago se contrae violentamente.

El látigo continúa castigándola sin piedad. Las marcas rojas cubren ahora toda su espalda y nalgas, formando un mapa de dolor sobre su piel pálida. Ana llora desconsoladamente mientras lame el último rastro de semen del suelo, su boca completamente llena del líquido viscoso que tanto desprecia.

Los veteranos observan complacidos, algunos comentando en voz baja sobre lo «deliciosa» que es la humillación de ver a alguien tan aprensivo obligado a realizar semejante acto degradante.

Jaime, que ha sido obligado a observar todo desde una posición arrodillada, tiene lágrimas en los ojos al ver el sufrimiento de su compañera, sabiendo que es culpa suya, de su incapacidad para controlar su cuerpo.

La maestra de ceremonias observa cómo Ana termina de limpiar meticulosamente las botas de la bruja veterana, dejándolas relucientes. La lengua de Ana ha recorrido cada centímetro del cuero oscuro, eliminando hasta el último rastro visible de semen.

Pero cuando Ana se incorpora ligeramente, creyendo que su humillante tarea ha terminado, la voz autoritaria de la maestra resuena en el local:

«No hemos acabado todavía, novata.»

Ana levanta la mirada, sus ojos llenos de lágrimas y súplica silenciosa. Su boca está llena del semen acumulado, sus mejillas hinchadas por el líquido viscoso que ha estado prohibido de tragar. El sabor nauseabundo le provoca arcadas constantes que debe reprimir con esfuerzo.

La maestra señala con un dedo imperioso hacia el suelo más allá de donde Ana se encuentra.

«El suelo también debe quedar limpio. Completamente limpio.»

Ana mira hacia donde señala la maestra y su estómago se contrae violentamente. El suelo en esa zona está en condiciones mucho peores de lo que esperaba. No es solo el semen reciente de Jaime. Es la acumulación de la orgía que precedió a la ceremonia de limpieza.

La superficie oscura está cubierta de manchas pegajosas que brillan tenuemente bajo la luz de las velas. Restos secos y semisecos de fluidos corporales mezclados: semen de múltiples participantes, lubricante, saliva, otros fluidos que Ana prefiere no identificar. Todo mezclado con polvo, suciedad y restos de cera de velas que han goteado.

Algunas manchas son recientes, todavía húmedas y viscosas. Otras se han secado parcialmente, formando costras blanquecinas y amarillentas que se adhieren al suelo. El olor que emana de esa zona es intenso, una mezcla de sexo, sudor y humedad que hace que el estómago de Ana se revuelva aún más.

Ana comienza a negar con la cabeza, sus ojos suplicantes dirigidos a la maestra, pero no puede hablar porque su boca está llena. Lágrimas silenciosas ruedan por sus mejillas mientras sus hombros tiemblan.

El látigo de la bruja veterana cae con fuerza sobre su espalda ya marcada.

«¡La maestra ha dado una orden!» grita la bruja. «¡Obedece!»

Ana se arrastra lentamente hacia la zona señalada, cada movimiento una agonía tanto física como psicológica. El plug sigue vibrando en su interior, las sensaciones de placer forzado mezclándose de forma perversa con el asco y el horror que siente.

Cuando llega a la primera mancha grande y pegajosa, Ana se detiene. Su cuerpo entero tiembla. Una arcada violenta sacude su torso, y por un momento parece que va a vomitar todo el contenido de su boca.

El látigo vuelve a caer, esta vez en sus nalgas.

«¡Ahora!» ordena la maestra con voz implacable.

Ana cierra los ojos con fuerza y baja la cabeza hasta que su rostro está a centímetros del suelo repugnante. Extiende la lengua temblorosa y la presiona contra la primera mancha pegajosa.

La textura es horrible. Viscosa, espesa, fría en algunas partes y tibia en otras donde los fluidos son más recientes. Su lengua se hunde ligeramente en la sustancia gelatinosa mientras la arrastra sobre el suelo, intentando limpiarla.

El sabor es infinitamente peor que antes. No es solo semen fresco, sino una mezcla rancia de múltiples fluidos corporales que han estado expuestos al aire durante horas. El amargor se mezcla con notas metálicas y un regusto pútrido que invade sus papilas gustativas.

Las arcadas se vuelven incontrolables. El cuerpo de Ana se convulsiona violentamente, su estómago intentando expulsar todo su contenido. Pero no puede vomitar porque su boca ya está llena hasta el borde con el semen que debe retener.

El látigo continúa cayendo rítmicamente sobre su espalda, sus nalgas, sus muslos. Cada impacto deja nuevas marcas rojas sobre las ya existentes, algunas comenzando a romperse y sangrar ligeramente.

Ana pasa la lengua una y otra vez sobre el suelo pegajoso, recogiendo la inmundicia mezclada con los fluidos corporales. Algunas manchas están tan secas que debe frotar repetidamente con la lengua para desprenderlas, la textura áspera raspando el músculo sensible de su boca.

Su boca está ahora tan llena que debe inclinar la cabeza hacia atrás ligeramente para evitar que el líquido se derrame por sus labios. Puede sentir la mezcla viscosa llenando cada espacio de su cavidad bucal, tocando su paladar, amenazando con deslizarse hacia su garganta y provocarle nuevas arcadas.

Los veteranos observan fascinados, algunos comentando en voz baja sobre lo «deliciosamente patético» del espectáculo. Varios ríen abiertamente al ver cómo el cuerpo de Ana se sacude con cada arcada reprimida.

Jaime, forzado a observar desde su posición arrodillada con el plug todavía vibrando en su interior, solloza al ver el sufrimiento extremo de Ana. Su propio pene, traidoramente, ha comenzado a endurecerse de nuevo por las vibraciones constantes, añadiendo una capa adicional de vergüenza a su tormento.

Ana continúa su tarea imposible, limpiando centímetro a centímetro el suelo manchado de la orgía, mientras el látigo no cesa y su boca se llena cada vez más con la mezcla repugnante de fluidos corporales ajenos.

La maestra de ceremonias observa a Ana, su boca grotescamente hinchada por la cantidad obscena de fluidos que ha acumulado. Las mejillas de la novata están distendidas, sus labios apenas pueden cerrarse por completo, y pequeñas gotas amenazan con escapar por las comisuras.

«Excelente trabajo de limpieza, novata,» dice la maestra con una sonrisa cruel. «Pero ahora viene la parte más importante de tu tarea.»

La maestra señala hacia Jaime, quien sigue arrodillado con su máscara de macho cabrío, su cuerpo temblando tanto por las vibraciones del plug como por la anticipación aterrada de lo que vendrá.

«Acércate a tu compañero,» ordena la maestra con voz autoritaria.

Ana, todavía de rodillas, se arrastra lentamente hacia Jaime. Cada movimiento es una agonía. El plug vibra sin cesar en su interior, sus nalgas y espalda arden por las marcas del látigo, y su boca está tan llena que debe mantener la cabeza en un ángulo preciso para evitar que el contenido se derrame.

Cuando llega frente a Jaime, la maestra continúa:

«Todo lo que has recogido tan diligentemente… todo ese esfuerzo… no puede desperdiciarse. Vas a transferir cada gota a la boca de tu compañero.»

Los ojos de Jaime se abren con horror detrás de su máscara. Comienza a negar con la cabeza, pero un brujo veterano lo agarra firmemente del cabello, inmovilizándolo.

«Abre la boca, novato,» ordena el brujo con voz dura.

Jaime aprieta los labios con fuerza, resistiéndose. El látigo de la bruja veterana cae inmediatamente sobre su espalda con un chasquido brutal que arranca un grito ahogado. Otro golpe sigue, y otro más, hasta que finalmente Jaime, sollozando, abre la boca.

La maestra asiente con satisfacción.

«Muy bien. Ahora, novata, acerca tu boca a la suya. Y transfiere todo el contenido. Lentamente. Queremos que ambos sientan cada momento de esta experiencia.»

Ana se inclina hacia adelante, sus labios temblando. Puede ver el terror absoluto en los ojos de Jaime a través de las aberturas de su máscara. Lágrimas ruedan por las mejillas de ambos.

Cuando sus bocas están a centímetros de distancia, Ana comienza a separar lentamente sus labios. El líquido viscoso comienza a fluir de inmediato, una mezcla espesa y blanquecina que se desliza como melaza corrompida.

El brujo veterano mantiene la cabeza de Jaime en posición mientras la sustancia repugnante comienza a caer en su boca abierta. El sabor golpea las papilas gustativas de Jaime instantáneamente: salado, amargo, rancio, con ese horrible regusto metálico y pútrido de fluidos corporales mezclados que han estado expuestos al aire.

Jaime intenta apartarse pero la mano en su cabello lo mantiene firmemente en su lugar. Una arcada violenta sacude su cuerpo, pero el brujo presiona su garganta con la otra mano, evitando que pueda vomitar.

Ana continúa transfiriendo el contenido de su boca, permitiendo que el líquido espeso fluya lentamente, gota a gota, formando un hilo viscoso entre sus labios y los de Jaime. La mezcla tiene grumos, restos más sólidos que se deslizan con dificultad, provocando nuevas náuseas en ambos.

La transferencia parece durar una eternidad. Los veteranos observan fascinados, algunos tocándose abiertamente mientras disfrutan del espectáculo de degradación extrema. Comentarios obscenos llenan el aire:

«Mira cómo llora el novato…»

«Qué delicioso es ver cómo comparten la inmundicia…»

«Esta es la verdadera comunión de nuestro aquelarre…»

Finalmente, después de lo que parecen minutos interminables, Ana ha transferido todo el contenido a la boca de Jaime. La boca del novato está ahora tan llena como lo estuvo la de Ana, sus mejillas hinchadas grotescamente, pequeñas gotas escapando por las comisuras de sus labios.

El sabor es insoportable para Jaime. Puede identificar el semen rancio, el lubricante mezclado con polvo, el amargor de fluidos vaginales ajenos, todo combinado en una mezcla nauseabunda que invade cada rincón de su boca.

La maestra se acerca lentamente a Jaime, su presencia imponente proyectando una sombra sobre el novato arrodillado. Se inclina ligeramente para que sus ojos estén al nivel de los suyos.

«Y ahora, novato,» dice con voz suave pero cargada de autoridad implacable, «vas a tragar. Todo. Hasta la última gota.»

Jaime niega frenéticamente con la cabeza, sus ojos suplicantes. Arcadas violentas sacuden su cuerpo mientras el líquido viscoso amenaza con desbordarse de su boca. El asco que siente es tan intenso que su cuerpo entero tiembla.

La maestra no muestra piedad.

«Si derramas una sola gota,» advierte, «Ana tendrá que limpiarla del suelo nuevamente con su lengua, y el ciclo comenzará otra vez. ¿Quieres eso? ¿Quieres ver a tu compañera sufrir más por tu debilidad?»

Los sollozos de Jaime se intensifican. Mira a Ana, quien permanece arrodillada frente a él, su rostro manchado de lágrimas y fluidos, su cuerpo cubierto de marcas rojas del látigo. La culpa se suma al asco, formando una mezcla emocional casi tan nauseabunda como el contenido físico de su boca.

El látigo de la bruja veterana cae sobre la espalda de Jaime con fuerza brutal.

«¡Traga!» ordena la bruja.

Otro latigazo cae, y otro más. Las marcas rojas florecen sobre la piel pálida de Jaime mientras el dolor se suma a su tormento.

Finalmente, con un sollozo ahogado y desgarrador, Jaime cierra los ojos con fuerza y comienza a tragar.

El primer trago es el más horrible. La mezcla viscosa se desliza lentamente por su garganta, su textura gelatinosa rozando cada centímetro del tejido sensible. El sabor se intensifica al pasar, activando cada receptor de su garganta. Una arcada violenta amenaza con hacer que lo devuelva todo, pero el brujo veterano presiona su garganta desde fuera, ayudándolo a forzar el líquido hacia abajo.

Jaime debe tragar varias veces. Su boca está tan llena que un solo trago no es suficiente. Cada deglución es una agonía, su cuerpo entero rebelándose contra el acto.

Traga una segunda vez. Lágrimas caen libremente por su rostro, algunas filtrándose a través de la máscara de cuero. Su estómago se contrae violentamente, protestando contra la sustancia repugnante que está siendo forzada a aceptar.

Una tercera vez. El sabor parece intensificarse en lugar de disminuir, como si su cuerpo se volviera cada vez más consciente de la naturaleza abyecta de lo que está consumiendo.

Los veteranos observan con fascinación mórbida, algunos contando en voz alta cada trago que Jaime se ve obligado a realizar.

«Uno… dos… tres… cuatro…»

Finalmente, después de cinco tragos agónicos, la boca de Jaime está vacía. Pequeños restos viscosos todavía se adhieren a sus dientes y encías, el sabor persistente invadiendo toda su cavidad oral. Su estómago se revuelve, sintiendo el peso de la sustancia repugnante asentándose en su interior.

Jaime se inclina hacia adelante, jadeando, su cuerpo entero temblando. Por un momento parece que va a vomitar todo, pero el brujo veterano lo mantiene erguido, presionando su estómago desde fuera.

«Nada de vomitar,» advierte el brujo. «Si lo haces, tendrás que limpiar tu propio vómito del suelo con la lengua, y luego tragarlo de nuevo.»

Jaime lucha contra las náuseas con todas sus fuerzas, respirando profundamente a través de la nariz, intentando calmar su estómago rebelde. El esfuerzo le provoca mareos, su visión se nubla momentáneamente.

La maestra de ceremonias asiente con satisfacción.

La maestra se levanta y se acerca a donde están los dos noviatos arrodillados. Se inclina y les da un beso en la boca a ambos, saboreando los restos de su humillación. Luego se gira para hablar al resto de participantes del aquelarre.

«Pido un aplauso para estos dos campeones,» declara con voz fuerte y orgullosa.

La sala estalla en aplausos y vítores. Los veteranos celebran la degradación que acaban de presenciar, algunos silbando, otros gritando palabras de aliento obsceno.

Jaime y Ana, todavía temblando y cubiertos de lágrimas, fluidos y marcas de látigo, se ayudan mutuamente a ponerse de pie. Con gestos débiles pero dignos, saludan a la audiencia antes de dirigirse hacia las duchas. Se la han merecido.

Inspirado en el juego:

Limpieza de restos de aquelarre por parte de brujas novatas

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