El mercado navideño

Julia es una sumisa atenta y eficiente. Al recibir la orden de su ama Isabel se ha presentado en la puerta de su casa. Ha esperado de pie por lo menos una hora, con el intenso frío de diciembre.

Por fin le abre la puerta. La deja entrar guiándola con fustazos hasta el comedor. Al acceder a la estancia se encuentra con una sorpresa. Se trata de Mario, el marido de Julia. Normalmente no participa de sus juegos pero cuando lo hace se nota su presencia. Es un amo cruel, muy cruel.

—Aquí tienes a mi esclava. Nos va a acompañar a comprar los adornos de Navidad —le dice mientras le tira del pelo para colocarla en medio de la sala.

Sin miramientos le arranca el abrigo dejando a la chica expuesta, sólo lleva un conjunto de ropa interior negro. —Mira, la muy golfa. Venía preparada —exclama la mujer mientras se mueve alrededor de la chica.

Mario calla. Sólo observa. Algo para nada positivo. Julia conoce el origen de ese silencio y no alberga nada bueno.

Sin pronunciar palabra el marido de su ama va a la cocina y vuelve con dos cubitos. Se los da a su mujer quien sonríe de forma sádica. —Bueno, Julia —exclama—. Mi marido ha encontrado una forma de hacerte sentir el invierno, también por dentro —y suelta una carcajada.

Con un rápido movimiento le baja el tanga e introduce una de las bolsas en la vagina de la chica. Tras untar con lubricante hace lo mismo con el ano. Julia siente cómo un frío helado se apodera de sus dos orificios. Ahora se da cuenta, son dos cubitos de hielo dentro de sendos condones.

A continuación le ordena volverse a poner el abrigo y seguirla. Los tres acceden al parking adyacente a la casa por una puerta. Una vez allí suben al coche, ella va detrás.

Durante todo el camino ignoran totalmente su presencia. Al llegar al mercado bajan del coche e inician la visita. La pareja continúa comportándose como si no estuviera. Curiosean en las diferentes paradas y hablan amigablemente entre ellos. Sólo la tienen en cuenta para darle una bolsa con objetos comprados. No pesan mucho. Son básicamente guirnaldas, bolas de navidad, luces, figuritas. Parece que el castigo no va a consistir en cargar peso.

Los cubitos se han ido disolviendo y cada vez molestan menos. Su ropa interior está visiblemente mojada pero no es por el agua de los hielos, está encerrada en los condones. Eso debe ser flujo, porque la situación la está excitando mucho.

Se detienen delante de una parada un poco peculiar. Detrás de ella hay una caravana. Bastante espaciosa por cierto. El chico encargado de atenderla parece reconocerlos inmediatamente y muestra una amplia sonrisa. —¡Tío Lucio, sal! —grita.

De la caravana sale un hombre de unos sesenta años. También los reconoce. Se dan la mano ignorando la presencia de la chica.

—Nos gusta mucho esta escultura de Papá Noel —le indican.

—Bueno. No es barata.

—¿Cuánto cuesta?

—150 euros.

—¡Jooo! No está mal —dice la mujer.

—Bueno. No puedes negar que está muy conseguido.

—Sí, pero el presupuesto se va un poco. Aunque quizá puedas hacernos un descuento —le contesta guiñando el ojo y girando la cabeza hacia la chica.

El hombre sonríe.

—Estaría bien darle un premio a mi sobrino. El chaval se porta muy bien.

—Pues no se hable más. Déjalo en cincuenta euros y arreglado.

Isabel y Mario suben junto a Manolito a la caravana, su tío se queda vigilando el negocio. La chica los sigue en silencio.

Una vez dentro hablan directamente con el chaval. —Bueno. Julia es mi esclava y por lo tanto hará lo que le diga. No te creas que te la vas a follar, chavalín. Pero un trato es un trato y lo hemos pactado con tu tío.

Se gira hacia Julia y le suelta —De rodillas y abre la boca. Ella obedece, no sin mostrar signos evidentes de rojez en las mejillas. Una rojez estimulada por el cambio de temperatura, pero también por su inmensa vergüenza. Su ama lo sabe perfectamente y quizá por eso se lo ha ordenado.

El chico se baja la cremallera y saca su pene con el ímpetu de quien está muy, muy excitado. El ama pone los ojos en blanco. «Todos los jóvenes son iguales», se dice a sí misma. No está mal de tamaño, sobre todo de grosor. Eso le va a provocar algunas arcadas a su esclava. «Mejor», piensa. «Al menos vamos a disfrutar del espectáculo».

La chica se esfuerza desde el primer momento, incentivada por sus ganas de terminar cuanto antes. Y también, por supuesto, por las ganas de satisfacer los deseos de su ama.

La cosa no dura mucho, el chico está a punto de correrse. En ese momento la Ama agarra el pene y lo saca de la boca para continuar masturbándolo hasta conseguir la eyaculación. Enormes grumos de un blanco brillante impactan contra la cara de la chica.

El chico está alucinando, en su vida hubiera imaginado una situación como esa. Y menos tener a una mujer espectacular de rodillas haciéndole una felación. Está en la gloria, casi se cae por la relajación de la musculatura. Pero el Ama interrumpe sus ensoñaciones. —Despierta, chaval. ¿Te crees que has terminado?

El chico la mira desconcertado. Esta chica es una esclava y no se merece nada a cambio, pero es mi esclava. Si te hace un favor tú se lo agradeces. Así que ya sabes ¡A satisfacerla! Que en este momento está más caliente que el motor de Fernando Alonso al final de una carrera. Eso es verdad. A Julia le pone muchísimo la humillación y la vergüenza.

—¿Qué te pasa, chaval? ¿No me has oído?

—Es que yo… Aún no…

—Ah, claro. Como no te funciona la polla, pues nada. ¡Que se joda! Es que todos sois iguales. ¿No tienes dedos?

—Ponte de pie —ordena a su sumisa—. Y tú, ¡hazle una paja! ¿Sabes? ¿No? Tampoco está tan lejos la época en la que no tenías más remedio que hacer estas cosas.

El chico obedece. En ese momento parece haber dos personas sumisas a las órdenes de Isabel.

Ella, de pie, con el abrigo abierto dejando al descubierto su ropa interior. Abre las piernas. El chico se coloca detrás, acaricia los pechos y baja una mano hacia el pubis de la chica. Coloca la mano debajo del tanga para acceder a la vulva.

A continuación la masajea con cierta habilidad, no en vano se hizo famoso en el instituto por sus pajas a las chicas con apenas quince años. Ella empieza gemir y se vuelve loca cuando oye las risas de su ama. La situación es muy, muy humillante.

Efectivamente, la chica se corre un poco más tarde no sin pedir permiso antes. Estaba caliente, muy caliente. Tanto el ano como la vagina estaban bien congestionados; los cubitos de hielo lo consiguieron. La humillación y la vergüenza consiguieron el resto.

Una vez la chica vuelve a la realidad, su ama hace ademán de limpiarle la cara con un trapo. Pero en ese momento se levanta su marido. Ha estado todo el rato callado, contemplando, pero ahora decide decirle algo al oído.

Ella sonríe.

—Siempre tienes buenas ideas, cariño. Sin darle explicación alguna, tira el trapo y la obliga a salir de la caravana. La chica lleva manchas de semen en la cara y en el abrigo negro. Al llegar a la parada, el tío del muchacho está esperando con la estatua de Papá Noel. —¡Cógela! —exclama el ama.

La chica obedece. Pesa, pero por lo menos tapa algo todo el desastre de la cara y la camiseta. El marido del ama la obliga a bajar los brazos dejando al descubierto su cara embadurnada de semen.

Caminan un buen rato hasta el coche, sin ninguna prisa. La chica lo está pasando muy mal. En su cerebro todo el mundo la está mirando y todo el mundo se ríe a sus espaldas. A pesar del frío, su cara parece una brasa de barbacoa. Es un contraste muy marcado de sensaciones. Mucho calor en la cara y mucho frío en sus orificios.

Llegan al 4×4. Intentan colocar la estatua en el maletero, no cabe. Pero otra vez el marido del Ama tiene una idea: llevar a la figura en el asiento de atrás y a la esclava en el maletero. Es un poco arriesgado porque si les para la policía van a necesitar dar muchas explicaciones. Con seguridad les caería una multa y poniéndose en lo peor terminarían en el calabozo. Pero es Navidad y confían en la ausencia de controles a esa hora del día. Además, en realidad es un maletero pero no estanco. Una cortinilla lo separa de la cabina.

Tirada en el suelo del maletero, con los hielos fundiéndose en su interior y el semen secándose en la cara, la sumisa reflexiona. Ha pasado mucha vergüenza pero a la vez ha cumplido una de sus fantasías más recurrentes: Estar con un chico mucho más joven que ella. Algo inalcanzable hace sólo dos horas por su bloqueo mental. Un bloqueo irracional, fruto de años de educación represiva. Y hoy ha logrado superarlo gracias a su ama y su marido.

Inspirado en el juego:

Uso de esclav@ para adornar casa de am@

Clica en la imagen para ver el juego

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