La Ordalia

—¡Manuela! —exclamó Carmen—. Sé lo que has estado haciendo. Las gallinas han dejado de poner huevos desde que discutimos, mi hijo ha caído enfermo sin razón, y anoche vi luces extrañas en tu ventana. ¡Eres una bruja!

—¿Qué dices, Carmen? ¡Estás loca! —respondió Manuela—. No soy ninguna bruja. Las gallinas dejan de poner huevos por mil razones, tu hijo habrá cogido frío, y lo que viste en mi ventana eran simplemente velas. Nada más.

—No me engañas —insistió Carmen—. Toda la vecindad habla de ti. Tus remedios, tus hierbas… Siempre has sido diferente. Y ahora todas estas desgracias caen sobre mi casa justo después de nuestra disputa. ¡No puede ser casualidad!

—Uso hierbas porque mi abuela me enseñó, igual que la tuya te enseñó a hacer pan —explicó Manuela—. Eso no me convierte en bruja. Y si hay desgracias en tu casa, no son por mi culpa. ¡Déjame en paz con estas acusaciones absurdas!

—Tendrás que demostrarlo —sentenció Carmen—. Tendrás que someterte a la ordalía para probar tu inocencia ante todos.

—¡Jamás! —gritó Manuela—. No voy a someterme a ninguna tortura para satisfacer tus delirios. ¡No soy una bruja y no tengo nada que demostrar!

—Ah, Manuela —dijo Carmen con una sonrisa fría—. Hay algo que no sabes. Acabo de regresar del Vaticano. Me han nombrado cazabrujas oficial de la Inquisición. Tengo autoridad papal para investigar y juzgar casos de brujería en toda la región.

—¿Qué? —Manuela palideció—. Estás mintiendo…

—No miento —Carmen sacó un documento enrollado con sellos de cera—. Aquí está mi nombramiento. Y déjame decirte algo: la ordalía que te propongo es suave comparada con los métodos que empleamos en Roma. Pinzas en los pezones son nada. Allí tenemos el potro, la dama de hierro, el aplastapulgares… Torturas que pueden durar días enteros.

—No puedes hacer esto —susurró Manuela, retrocediendo—. Es una locura…

—Puedo y lo haré —respondió Carmen con frialdad—. Así que más te vale someterte voluntariamente a mi prueba. Porque si te niegas, tendré que aplicar los procedimientos oficiales de la Inquisición. Y créeme, no querrás conocerlos. Al menos con mi ordalía, todo habrá terminado en una tarde. Con los métodos del Vaticano… bueno, pocas brujas sobreviven para contarlo.

—Pero yo no soy una bruja… —murmuró Manuela, con lágrimas en los ojos.

—Entonces no tendrás problema en demostrarlo —sentenció Carmen—. ¿Qué será? ¿Mi prueba o la del Santo Oficio?

Manuela siente que las piernas le tiemblan. Mira el documento con los sellos del Vaticano, luego el rostro implacable de Carmen. No hay salida.

—Está bien —dice con voz quebrada—. Me someteré a tu prueba.

—Buena decisión —responde Carmen—. Ahora desnúdate. Completamente. Y permanece de pie frente a mí.

Con manos temblorosas, Manuela comienza a quitarse la ropa. Primero el vestido, luego la enagua, hasta quedar completamente desnuda bajo la fría mirada de Carmen.

—De pie —ordena Carmen—. Y no te muevas.

Carmen se acerca a una caja de madera oscura que descansa sobre la mesa. La tapa está decorada con intrincados motivos religiosos católicos tallados en relieve: cruces latinas entrelazadas con ramas de olivo, el símbolo del Sagrado Corazón rodeado de espinas, y en el centro, una imagen de San Miguel Arcángel aplastando a un demonio bajo su pie. Los bordes están adornados con inscripciones en latín: «Vade retro Satana» y «In nomine Patris».

Al abrir la caja, Carmen revela su contenido: varias pinzas plateadas que brillan con un resplandor frío bajo la luz. Las toma con cuidado, casi con reverencia.

—Estas pinzas han sido bendecidas por el Santo Padre en persona —dice Carmen mientras se acerca a Manuela—. Son instrumentos sagrados para desenmascarar a las siervas del diablo.

Carmen coloca la primera pinza en el pezón derecho de Manuela, que se estremece y ahoga un gemido. Luego hace lo mismo con el izquierdo. El metal frío muerde la piel sensible.

—Y ahora —continúa Carmen con voz monótona—, las partes donde el demonio deja su marca más profunda en las brujas.

Se arrodilla frente a Manuela y, sin ceremonias, coloca dos pinzas más en los labios mayores. Manuela tiembla violentamente, las lágrimas corriendo por sus mejillas, pero Carmen permanece impasible.

—Ahora esperaremos —anuncia Carmen, poniéndose de pie—. Si eres inocente, tu carne permanecerá inmaculada. Si eres una bruja, el dolor te delatará. Y recuerda: esto es solo la primera de cinco pruebas.

Carmen toma un cordón de seda del interior de la caja ornamentada y comienza a atarlo cuidadosamente a cada una de las cuatro pinzas. Sus movimientos son deliberados, casi ceremoniales.

—Ahora esperaremos cinco minutos —anuncia—. El tiempo suficiente para que la marca del diablo se manifieste en tu carne corrupta.

Mientras el cordón mantiene tensas las pinzas, Carmen comienza a caminar lentamente alrededor de Manuela. Sus dedos trazan líneas suaves por los hombros desnudos de la muchacha, bajando por su espalda con una caricia casi tierna que contrasta grotescamente con la situación.

—¿Sabes? —dice Carmen con voz melosa y sarcástica—. Es curioso cómo todas las brujas cuentan la misma historia. «Solo uso hierbas». «Mi abuela me enseñó». «No soy diferente». Como si no hubiera escuchado esas excusas cientos de veces en Roma.

Sus manos se deslizan por los costados de Manuela, rozando apenas la piel, provocando escalofríos involuntarios.

—Lo que me fascina es la creatividad —continúa Carmen, ahora acariciando el vientre de la chica con movimientos circulares—. Cada bruja piensa que su historia es única, que yo me la creeré. Pero el demonio es un mal maestro. Les enseña las mismas mentiras a todas.

Carmen se detiene frente a Manuela, mirándola directamente a los ojos mientras sus dedos trazan el contorno de su rostro.

—Las luces en tu ventana no eran velas, querida. Las velas no brillan con ese tono verdoso. Y tu abuela… oh, tu querida abuela. ¿Sabes que también la investigamos hace años? Murió antes de que pudiéramos completar el proceso. Qué conveniente, ¿verdad?

Sus manos bajan por el cuello de Manuela, rozando apenas la piel con las yemas de los dedos.

—Y lo de las gallinas… —Carmen ríe suavemente—. Por favor. Dejaron de poner huevos el mismo día de nuestra discusión. El mismo día. Ni uno antes, ni uno después. ¿Esperas que crea que es coincidencia?

Carmen consulta un pequeño reloj de bolsillo que saca de su vestido.

—Tres minutos más —anuncia—. Y luego viene la parte que realmente disfruto. Cuando retiro las pinzas de golpe, todas las brujas gritan. Todas. Sin excepción. Porque el dolor expulsa temporalmente al demonio que llevan dentro, y ese grito es su verdadera voz, no la voz falsa que usan para engañarnos.

Vuelve a caminar alrededor de Manuela, esta vez rozando apenas con sus dedos la parte interna de los muslos de la chica.

—Aún quedan dos minutos —susurra Carmen cerca del oído de Manuela—. Dos minutos para que confieses por tu propia voluntad y te ahorre las otras cuatro pruebas. Porque créeme, cada una será peor que la anterior. Esta es la más suave. La más… misericordiosa.

Carmen consulta su reloj una última vez.

—El tiempo ha terminado —anuncia con frialdad.

Sin previo aviso, Carmen tira con fuerza del cordón de seda. Las cuatro pinzas se liberan simultáneamente, arrancadas de golpe de la carne sensible.

El dolor es atroz, como si mil agujas ardientes atravesaran su piel al mismo tiempo. Manuela siente que todo su cuerpo se convulsiona involuntariamente, cada músculo se tensa hasta el límite, su rostro se contrae en una mueca de agonía. Las lágrimas brotan instantáneamente de sus ojos cerrados con fuerza.

Pero no grita.

Permanece de pie, inmóvil excepto por el temblor incontrolable que recorre su cuerpo. Sus labios están apretados con tanta fuerza que se vuelven blancos. Sus manos, convertidas en puños a los costados, tienen las uñas clavadas en las palmas. Pero no emite sonido alguno.

Carmen la observa con una mezcla de sorpresa y algo que podría ser admiración, o quizás decepción.

—Interesante —murmura finalmente, estudiando a Manuela con renovado interés—. Muy interesante. Ninguna bruja ha resistido sin gritar en la primera prueba. Ninguna.

Carmen camina lentamente alrededor de Manuela, observando las marcas rojas que las pinzas han dejado en su piel.

—Quizás me equivoqué contigo —dice Carmen con voz pensativa—. O quizás… quizás eres una bruja más poderosa de lo que pensé. Una que ha aprendido a controlar el dolor, a ocultar su verdadera naturaleza incluso bajo tortura.

Se detiene frente a Manuela y levanta su barbilla con un dedo, obligándola a abrir los ojos y mirarla.

—Faltan cuatro pruebas más, Manuela. Y te prometo que cada una será más difícil que la anterior. Veamos si tu silencio persiste.

Manuela siente que todo su cuerpo tiembla sin control. El dolor aún reverbera en su piel, un eco ardiente que no termina de desvanecerse. Cuatro veces más. Tiene que soportar esto cuatro veces más.

—Yo… —su voz sale quebrada, apenas un susurro—. No sé si podré…

—¿Qué has dicho? —pregunta Carmen, acercándose peligrosamente.

—Nada —responde Manuela rápidamente, enderezándose a pesar del dolor—. Estoy lista para la siguiente prueba.

Las palabras salen de su boca antes de que pueda pensarlas. Porque sabe que no tiene elección. La alternativa que Carmen le mostró —los métodos oficiales de la Inquisición, el potro, la dama de hierro, días enteros de tortura— es infinitamente peor. Al menos esto terminará en una tarde. Al menos con Carmen hay una posibilidad, por remota que sea, de sobrevivir intacta.

—Muy bien —dice Carmen, volviendo a la caja ornamentada—. Veo que empiezas a comprender tu situación. La obediencia es sabia cuando no hay escape.

Manuela aprieta los puños con más fuerza, clavándose las uñas en las palmas hasta casi hacerse sangre. El dolor físico es más fácil de soportar que el miedo que amenaza con paralizarla. Tiene que resistir. Tiene que demostrar su inocencia. No hay otro camino.

Carmen observa a Manuela con expresión calculadora mientras vuelve a guardar las pinzas en la caja ornamentada.

—Segunda prueba —anuncia con voz firme.

Vuelve a colocar las cuatro pinzas en los mismos lugares: pezones y labios mayores. Esta vez Manuela no puede evitar un gemido ahogado cuando el metal muerde su carne ya irritada. El dolor es más agudo, más inmediato.

Carmen repite el proceso: ata el cordón de seda, espera cinco minutos caminando alrededor de Manuela con esas caricias burlonas, y finalmente arranca las pinzas de un tirón brutal.

Manuela aprieta los dientes con tanta fuerza que cree que se romperán. Un sonido estrangulado escapa de su garganta, pero logra contenerlo antes de que se convierta en grito. Sus piernas tiemblan violentamente, amenazando con ceder.

—Dos —cuenta Carmen—. Veamos la tercera.

Cuando Carmen vuelve a colocar las pinzas por tercera vez, Manuela siente que su cuerpo entero se rebela. La carne de sus pezones y vulva está tan inflamada, tan sensible, que el simple roce del metal es insoportable. Ya no hay alivio después del pinchazo inicial. Ahora duele constantemente, un dolor punzante y ardiente que no cesa ni un segundo.

Los cinco minutos de espera son una eternidad. Cada segundo se estira interminablemente mientras el dolor pulsa en sincronía con los latidos de su corazón. Cuando Carmen finalmente tira del cordón, Manuela siente que todo su mundo se oscurece por un instante.

Sus rodillas ceden. Cae hacia adelante, pero Carmen la sujeta por los hombros en el último momento.

—Todavía no —susurra Carmen—. Mantente en pie. Solo faltan dos más.

Manuela lucha por recuperar el equilibrio, sus piernas apenas responden. Su respiración es entrecortada, desesperada. Las marcas en su piel ahora son de un rojo intenso, casi púrpura, visiblemente hinchadas.

—Por favor… —susurra Manuela sin poder contenerse—. Por favor…

—¿Por favor qué? —pregunta Carmen con falsa dulzura—. ¿Quieres confesar? ¿O quieres continuar demostrando tu inocencia?

Manuela no responde. No puede. Apenas puede mantenerse consciente.

Carmen observa a Manuela, cuyo cuerpo tiembla incontrolablemente. Su amiga está al límite, con la piel marcada y enrojecida, apenas capaz de mantenerse en pie. Pero en los ojos de Carmen no hay compasión, solo un brillo de excitación apenas contenida. Siente el calor entre sus piernas, la humedad que delata su excitación ante el sufrimiento ajeno.

—Quinta prueba —anuncia con voz ronca.

Se acerca a la caja ornamentada y toma las pinzas una vez más. Sus manos tiemblan ligeramente, no de nerviosismo sino de anticipación.

Manuela observa con horror cómo Carmen se aproxima. Sus ojos suplican piedad, pero Carmen ignora deliberadamente esa mirada. Está completamente absorta en su propia excitación, en el poder que siente al causar ese dolor.

Carmen toma el primer pezón entre sus dedos, palpando la carne hinchada y sensible. Manuela se estremece ante el simple contacto. Sin prisa, casi ceremoniosamente, Carmen abre la primera pinza y la coloca sobre el pezón derecho.

El metal muerde la carne torturada. Manuela jadea, su cuerpo entero se convulsiona, pero Carmen mantiene la pinza firmemente en su lugar hasta que se cierra por completo.

Luego pasa al pezón izquierdo. Esta vez toma su tiempo, acariciando primero la zona inflamada con las yemas de los dedos, sintiendo el calor de la piel maltratada. Cuando finalmente coloca la segunda pinza, lo hace con deliberada lentitud, dejando que el metal presione gradualmente hasta cerrarse del todo.

Carmen se arrodilla frente a Manuela. Sus ojos están oscurecidos por el deseo mientras contempla la vulva hinchada y enrojecida de su amiga. Con una mano separa suavemente los labios mayores, exponiendo la carne torturada.

Coloca la tercera pinza en el labio mayor derecho, presionando el metal contra la piel tan sensible que cualquier roce es agonía. La pinza se cierra lentamente, mordiendo la carne.

Finalmente, casi con reverencia, Carmen coloca la última pinza en el labio mayor izquierdo. Esta vez sus dedos se demoran más de lo necesario, acariciando, explorando, antes de finalmente cerrar el metal sobre la carne maltratada.

Carmen se pone de pie, respirando agitadamente. Las cuatro pinzas están en su lugar, y Manuela tiembla de pies a cabeza, lágrimas corriendo libremente por sus mejillas.

Carmen ata el cordón de seda a las cuatro pinzas y comienza a caminar alrededor de Manuela. Esta vez sus pasos son más lentos, más deliberados. Saborea cada segundo, observando cómo su amiga lucha por mantener la compostura.

Los cinco minutos transcurren con agonizante lentitud. Carmen puede ver cómo el cuerpo de Manuela se tensa con cada segundo que pasa, cómo sus manos se cierran en puños tan apretados que los nudillos se vuelven blancos.

Cuando finalmente el tiempo termina, Carmen se posiciona frente a Manuela. Por un momento sus miradas se encuentran. Carmen ve la determinación en los ojos de su amiga, pero también el miedo, la desesperación. Y entonces lo ve: una lágrima solitaria que se desliza lentamente por la mejilla de Manuela.

Una sonrisa se extiende por el rostro de Carmen. Sabe perfectamente que va a ganar. La resistencia de Manuela está al límite, su cuerpo ya no puede más.

Sin previo aviso, Carmen tira del cordón con toda su fuerza.

Las cuatro pinzas se arrancan simultáneamente de la carne torturada. El dolor es tan intenso, tan abrumador, que Manuela no puede contenerlo más. Un grito escapa de su garganta, ahogado pero inconfundible. Un grito de pura agonía que resuena en la habitación silenciosa.

Carmen suelta una sonora carcajada, llena de triunfo y satisfacción.

—¡Lo sabía! —exclama con alegría apenas contenida—. ¡Eres una bruja! Has fallado la prueba, Manuela. Has gritado.

Manuela se desploma, sus piernas finalmente ceden por completo. Cae de rodillas en el suelo, sollozando sin control, su cuerpo convulsionándose con el dolor residual y la desesperación de haber fallado.

—Por favor… —logra articular entre sollozos—. Por favor, Carmen… no soy una bruja… el dolor era demasiado…

—La prueba no miente —dice Carmen, su voz aún teñida de excitación—. Has gritado. Eso significa que eres culpable. Y sabes lo que eso significa, ¿verdad?

Carmen se acerca a Manuela, que permanece arrodillada en el suelo, temblando. Se agacha hasta quedar a su altura, levantando su barbilla con un dedo para obligarla a mirarla a los ojos.

—Ahora que has sido declarada bruja —susurra Carmen con voz cargada de promesas oscuras—, puedo hacerte lo que quiera. Según el documento del Vaticano, aquellas brujas descubiertas pasarán a ser esclavas de quien las descubra. Quedarán a su merced y obedecerán en todo.

Carmen se incorpora lentamente, sin apartar la mirada de Manuela. Sus manos van al broche de su vestido.

—Eso significa que ahora me perteneces —continúa mientras comienza a desabrocharse, dejando que la tela se deslice por sus hombros—. Tu cuerpo, tu voluntad, todo es mío.

El vestido cae al suelo. Carmen se quita la ropa interior con deliberada lentitud, dejando claro cuál será el servicio que espera de su nueva esclava.

—Y creo que ya sabes exactamente cómo vas a servirme —dice con una sonrisa mientras se queda completamente desnuda frente a Manuela—. Prepárate para complacerme en todo lo que ordene. Ves calentado la lengua.

Inspirado en el juego:

Ordalía para detectar brujas

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