La invocación

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Marisa coloca el antiguo pergamino sobre la mesa de madera. Sus manos tiemblan ligeramente mientras enciende las velas negras que rodean el círculo dibujado con tiza en el suelo. Su cuerpo atlético se mueve con gracia bajo la fina tela de su vestido blanco, que contrasta con la oscuridad de la habitación.
—Estoy lista —susurra para sí misma mientras sus ojos azules recorren las palabras escritas en el documento de invocación.
Comienza a recitar las palabras prohibidas, su voz juvenil pero decidida resuena en la estancia vacía. El aire se espesa y las llamas de las velas tiemblan violentamente. De pronto, una neblina rojiza aparece dentro del círculo y dos figuras toman forma frente a ella.
—Hemos sido convocados —dice Ana, emergiendo de la bruma con su body rojo que se adhiere a cada curva de su cuerpo moreno. Sus cuernos rojos brillan bajo la luz de las velas—. Somos servidores del Señor Oscuro.
Pedro se materializa junto a ella, imponente en su traje Armani, los cuernos negros contrastando con su cabello oscuro. Su mirada verde recorre a Marisa con intensidad.
—Has osado llamarnos, pequeña mortal —dice con voz profunda—. Ahora debes prepararte para recibir a nuestro amo como se merece.
Ana sonríe y se acerca a Marisa, quien retrocede hasta toparse con la pared.
—No tengas miedo —susurra Ana, acariciando el rostro de la joven—. Estamos aquí para guiarte.
Pedro se aproxima por detrás de Marisa y comienza a deslizar los tirantes de su vestido por sus hombros.
—Tu invocación ha sido poderosa —murmura en su oído—. Pero aún falta completar el ritual.
Entre ambos, desnudan lentamente a Marisa, tomándose su tiempo para admirar cada centímetro de su piel de porcelana. Las manos expertas de Ana recorren con delicadeza los hombros de la joven, descendiendo por sus brazos tonificados mientras Pedro se arrodilla para despojarla del resto de su ropa. La luz de las velas danza sobre el cuerpo atlético de la muchacha, revelando gradualmente un vientre plano y firme, no en vano entrena todos los días. Sus pechos grandes se balancean suavemente al quedar liberados, coronados por pezones rosados que se endurecen al contacto con el aire fresco de la habitación. Pedro no puede evitar contener la respiración ante la visión de sus piernas largas y perfectamente torneadas, que parecen interminables desde sus muslos firmes hasta sus tobillos delicados. Ana, por su parte, rodea a la joven para apreciar la curva de su espalda, donde la columna dibuja una línea elegante que conduce hasta unas nalgas redondas y firmes, una de ellas decorada con el sutil tatuaje de mariposa que parece aletear con los movimientos nerviosos de Marisa. Pedro desliza sus manos por la espalda de la joven mientras Ana se arrodilla para seguir con sus dedos el contorno del delicado tatuaje de mariposa que adorna una de sus nalgas. «Es hermoso,» susurra Ana, besando suavemente la piel junto al tatuaje, haciendo que Marisa se estremezca de anticipación.
Los demonios intercambian miradas cómplices mientras guían a la temblorosa pero excitada joven hacia el centro de la habitación. Allí, iluminado por la luz rojiza de las velas, Pedro ha dispuesto una elaborada estructura similar a un potro, forrada en cuero negro con correas de seda roja en cada extremo. La madera pulida brilla de forma siniestra bajo la luz vacilante, prometiendo placeres prohibidos.
—Aquí es donde comienza tu verdadera preparación —dice Ana, ayudando a Pedro a sujetar a Marisa sobre la estructura, atando sus extremidades a las patas.
Marisa queda fijada boca abajo sobre la estructura similar a un potro, con la cabeza colgando por uno de los extremos en una posición completamente vulnerable. Su cuerpo atlético se extiende sobre la superficie forrada de cuero negro, y un cojín estratégicamente colocado bajo su vientre eleva sus caderas, dejando su trasero en pompa. Sus extremidades están separadas y firmemente atadas a las cuatro patas mediante las correas de seda roja. Sus brazos están estirados por encima de su cabeza, mientras que sus piernas quedan abiertas, exponiendo completamente sus orificios. La piel blanca de Marisa contrasta dramáticamente con el negro del potro, y su cuerpo juvenil y bien formado queda completamente a merced de Ana y Pedro. El tatuaje de mariposa en una de sus nalgas es ahora perfectamente visible, añadiendo un toque de inocencia perdida a la escena ritual.
Pedro coloca una venda sobre los ojos de la joven mientras Ana prepara los implementos necesarios para el ritual. Marisa siente el contacto de cuatro manos sobre su piel, explorando, preparando, calentando cada centímetro de su cuerpo.
—Satanás es mi señor… —comienza a repetir Marisa, siguiendo las instrucciones que le susurran al oído.
La habitación queda en silencio. Únicamente la respiración cada vez más agitada de Marisa lo rompe. Siente los dedos de Ana y Pedro recorrer su cuerpo vulnerable con precisión meticulosa. Cada caricia alterna entre toques suaves que apenas rozan su piel y presiones más intensas que la hacen estremecer. Con los ojos vendados, cada sensación se amplifica exponencialmente.
Su respiración se vuelve entrecortada mientras siente los dedos trazando patrones circulares sobre su piel blanca. Un escalofrío recorre su columna cuando detecta cómo se detienen en puntos especialmente sensibles: primero en su nuca, donde la presión ligera envía oleadas de placer por todo su cuerpo; luego en sus hombros, masajeando y aliviando una tensión que no sabía que tenía.
Las manos descienden hasta sus nalgas, y Marisa contiene un gemido. La alternancia entre caricias suaves y firmes la mantiene en constante anticipación, sin poder predecir lo que vendrá después. Su cuerpo se tensa completamente cuando siente unos dedos lubricados aventurándose entre sus glúteos, explorando con delicadeza pero determinación, hasta llegar a su ano. La sensación, completamente nueva para ella, le arranca un jadeo involuntario mientras su cuerpo responde con una mezcla de sorpresa y excitación.
Al estar privada de la vista siente los toques con mayor intensidad. Su cuerpo rse arquea cuando las manos rozan zonas particularmente sensibles. La indefensión, lejos de asustarla, intensifica su excitación.
Ana se inclina sobre el cuerpo inmovilizado de Marisa, sus labios rozan la oreja de la joven mientras susurra con voz melosa y burlona:
«¿Sabes lo que vamos a hacerte, pequeña putita imprudente? Vamos a usar cada uno de tus agujeros hasta que supliques parar. Nos perteneces… y no puedes hacer nada al respecto.»
Ana se ríe mientras sus dedos trazando círculos amenazantes sobre la espalda de la chica.
«Primero te vamos a llenar esa boquita inocente hasta que apenas puedas respirar. Luego… oh, luego viene lo divertido. Ese coñito húmedo está prácticamente rogando por atención, ¿verdad? Y después…» Ana pellizca suavemente una de las nalgas de Marisa, «este culito virginal aprenderá lo que significa servir a nuestro Señor.»
Ana lame lentamente el lóbulo de la oreja de Marisa antes de continuar:
«Y lo mejor de todo es que vas a disfrutarlo. Vas a correrte para nosotros, pequeña zorra, y cada orgasmo te hundirá más profundamente en nuestra posesión. ¿No es adorable, Pedro? Cree que tiene algún control sobre lo que está sucediendo.»
Ana, notando un brillo particular entre los muslos de Marisa, desliza suavemente sus dedos hacia la intimidad de la joven. Al contacto, Marisa suelta un profundo suspiro que reverbera en la habitación. Ana introduce delicadamente dos dedos, comprobando la evidente excitación de la muchacha.
—Mira, Pedro —dice Ana con voz seductora, extrayendo sus dedos húmedos y mostrándoselos a su compañero—. Nuestra pequeña perrita de Satán está más que lista para continuar con el ritual.
Pedro observa con intensidad, mientras una sonrisa de satisfacción se dibuja en su rostro.
Ana se acerca al rostro de Marisa y le susurra al oído con voz suave pero autoritaria.
—Repite después de mí: «Satanás es mi señor, mi boca es suya».
Con voz temblorosa, Marisa obedece, repitiendo las palabras rituales. Pedro y Ana intercambian una mirada cómplice, y ella le hace un gesto sutil con la cabeza. Pedro se desabrocha el pantalón y libera su miembro ya endurecido. La escena lo ha excitado mucho.
Ana traza un círculo con un rotulador negro alrededor el potro y al acabar vuelve a acercarse al oído de Marisa y le susurra:
—Ahora recibirás el primer sello del demonio. Esa garganta va a sufir un poco, pero es tu deber. Además ¿Que vas a hacer para evitarlo? Y suelta una carcajada.
Girándose hacia Pedro, Ana le indica con un gesto:
—Puedes proceder a profanar su boca.
Pedro se posiciona frente al rostro de Marisa y desliza su miembro entre los labios entreabiertos de la joven. El pene del hombre entra directamente hasta el fondo de la garganta. No se opone, pero tampoco podría hacerlo.
La chica nota la primera arcada, un sentimiento desagradable pero a la vez excitante. Sin solución de continuidad el hombre empieza a mover las caderas. Su pene entra y sale de la garganta sin atender a las los sonidos guturales y las contracciones del cuerpo de la chica.
Sólo se detiene cuando nota que la joven lucha por respirar. Lo hace por muy poco tiempo, dejando a lachica tomar un par de rápidas bocanadas de aire mientras hilos de saliva resbalan por las comisuras de sus labios.
Ana se ríe mientras observa las arcadas de Marisa, deleitándose con su evidente incomodidad. Se inclina cerca de su oído y susurra con voz burlona:
«Mira cómo lucha tu garganta, pequeña. ¿Te cuesta respirar? ¿Sientes ese ardor cuando su polla toca el fondo? Pues acostúmbrate, porque esto solo es el principio.»
Ana pasa un dedo por la mejilla de Marisa, recogiendo una lágrima que se ha escapado por debajo de la venda.
«Los demonios no tenemos piedad, y vas a tener que aguantar mucho más. Tu cuerpo nos pertenece ahora… cada agujero, cada gemido, cada lágrima. Y lo mejor es que después de un tiempo…» —acaricia suavemente el cabello de la joven— «…vas a suplicar por más.»
A continuación se dirije a su marido.
—Más profundo, más fuerte. Debe sentir la potencia de su nuevo señor.
Finalmente, Pedro alcanza el clímax, liberando su esencia en la boca de Marisa. Ana se acerca rápidamente y ordena:
— Cómetelo todo pequeña zorra No dejes enfriar el fuego de tu señor! Con un dedo recoje parte del semen que cae por la comisura de los labios de la chica y lo vuelve a introducir en su boca.
Marisa obedece, tragando con dificultad mientras Ana sonríe satisfecha.
Ana se acerca al rostro exhausto de Marisa, cuyos labios están aún manchados con restos de semen. Con una risa maliciosa, le susurra al oído:
«¿Creías que esto había terminado solo porque mi marido ya se ha corrido en tu boquita? Qué ingenua eres, pequeña zorra. Pedro necesitará un tiempo para recuperarse, es cierto… pero eso no significa que tus otros agujeros vayan a salvarse.»
Ana desliza un dedo por la columna de Marisa, provocándole un escalofrío involuntario.
«De hecho, ahora es cuando empieza la verdadera diversión. Tu cuerpo es nuestro juguete, y tenemos muchas formas de usarlo. No necesitamos que Pedro esté duro para hacerte gritar… tenemos otros métodos.»
Puedo crear un texto que podría incluir en su historia donde Ana le hace repetir esa frase. Aquí tiene mi sugerencia:
Ana se inclina sobre Marisa, su aliento cálido rozando la oreja de la joven mientras susurra con voz autoritaria:
«Ahora repite después de mí: ‘Satanás es mi señor, mi coño es suyo’.»
Marisa, con voz temblorosa y apenas audible, repite las palabras.
«¿Qué has dicho? No te oigo,» se burla Ana, tirando ligeramente del cabello de Marisa. «Más alto. Quiero que nuestro Señor pueda escucharte claramente.»
Marisa intenta elevar su voz, repitiendo: «Satanás es mi señor, mi coño es suyo.»
«¡Más alto!» exige Ana, su tono mezclando diversión y amenaza. «¿Crees que con ese susurro patético vas a complacer a tu nuevo amo? ¡Más alto!»
Con cada repetición, Ana insiste en que Marisa aumente el volumen, hasta que finalmente la joven grita la frase, su voz resonando en la habitación mientras lágrimas se filtran bajo la venda de sus ojos.
«Eso está mejor,» ronronea Ana satisfecha, acariciando la mejilla húmeda de Marisa. «Ahora él sabe exactamente a quién perteneces.»
Ana retira momentáneamente la venda de los ojos de Marisa, permitiéndole ver cómo se ajusta un arnés alrededor de sus caderas. El imponente dildo de dimensiones considerables brilla bajo la luz rojiza de las velas, provocando en Marisa una mezcla de temor y curiosidad.
Ana se desplaza hacia la parte posterior del potro y observa con satisfacción la humedad evidente entre las piernas de Marisa.
«¡Mira qué empapada está nuestra putita!» se burla Ana, pasando un dedo por los pliegues húmedos de Marisa. «Tanto hablar de rituales satánicos, y resulta que lo único que querías era esto.»
Con movimientos deliberadamente lentos, Ana coloca la punta del dildo en la entrada de la vagina de Marisa.
«Aunque es bastante grueso,» continúa Ana con tono burlón, «no creo que tengas problemas para recibirlo. Tu coñito está prácticamente rogando por ser llenado, ¿verdad, pequeña zorra?»
Sin previo aviso, Ana empuja sus caderas hacia adelante, introduciendo el dildo de una sola estocada. Marisa arquea su espalda y suelta un gemido prolongado que resuena en toda la habitación. Repite la operación muchas veces, hasta conseguir el orgasmo de la chica.
Ana, al ver el estado de Marisa tras su primer orgasmo, se acerca a su rostro con una sonrisa maliciosa y un tono burlón.
—¡Vaya, vaya! Mira quién ha disfrutado como una verdadera perra del infierno —se mofa mientras acaricia el cabello sudoroso de la joven—. Ni siquiera has protestado. Parece que tenemos una devota muy obediente.
Se inclina más cerca de su oído y baja la voz a un susurro amenazante.
—Pero no te confíes, pequeña zorra. Hasta ahora todo ha sido facilísimo, apenas un juego de niños. Ahora es cuando realmente vas a demostrar tu devoción a nuestro Señor Oscuro. —Sus uñas se clavan ligeramente en la piel de Marisa—. El verdadero dolor, el verdadero placer… apenas estamos empezando. ¿Lista para entregarte completamente a Satanás?
Inspirándome en el estilo y tono del texto existente, aquí tienes cómo Ana podría hacer repetir a Marisa la nueva frase ritual:
Ana se aproxima al rostro de Marisa, sus labios casi rozando la oreja de la joven. Con voz autoritaria pero seductora, susurra:
—Ahora vamos a profanar tu úlitmo orificio, pequeña zorra. Repite después de mí: «Satanás es mi señor. Mi culo es suyo».
Marisa, con la voz entrecortada por el agotamiento y la excitación, grita las palabras anticipándose a las órdenes de la diablesa.
La obliga a repetirlo cinco veces, cada vez más alto, hasta que finalmente Marisa grita las palabras, su voz resonando en toda la habitación mientras lágrimas se deslizan por debajo de la venda.
—Así me gusta —exclama Ana—. Esta putita aprende rápido —añade mientras mira a su marido.
Ana extrae el dildo de su vagina y, tras aplicar más lubricante, lo posiciona justo en la entrada de su ano. Con un movimiento más brusco lo introduce arrancando de Marisa un agudo grito de dolor que pronto se transforma en un gemido más ambiguo. Mientras Ana continúa con las embestidas, Pedro se acerca y comienza a estimular el clítoris de Marisa con movimientos circulares, ayudando a transformar el dolor inicial en un placer prohibido que culmina en un segundo orgasmo aún más intenso.
Cuando finalizan, Ana se acerca a un extremo del círculo dibujado en el suelo y, con un gesto ceremonial, traza una línea que forma la primera punta de una estrella invertida.
—Ánimo, pequeña perrita —susurra al oído de Marisa—. Solo faltan cuatro sellos más para completar el pentáculo.
Las dos siguientes rondas se repiten de la misma forma. En la cuarta Pedro ya no puede más. Pero eso no mejora la situación porque el ritual de la boca lo hace ahora con un dildo extremandamente ancho. Tanto que obliga a la chica a dilatar su mandíbula para acojerlo en su garganta.
Al final la chica aguanta la cinco rondas como una campeona. Pedro y Ana desatan a Marisa con movimientos lentos y cuidadosos. Su cuerpo, exhausto y marcado por la intensa experiencia, tiembla ligeramente. Entre los dos, la ayudan a incorporarse y la conducen hasta el cuarto de baño, donde ya han preparado una bañera con agua templada.
Con sorprendente delicadeza, considerando la brutalidad anterior, la introducen en el agua y comienzan a limpiarla meticulosamente. Ana lava su cabello mientras Pedro se ocupa de aplicar jabón por el resto de su cuerpo, prestando especial atención a las zonas más sensibles.
Una vez limpia y seca, la llevan hasta la habitación contigua y la depositan con suavidad sobre la cama. Ana la cubre con una manta y le acaricia el rostro con una sonrisa enigmática.
—Descansa bien, pequeña —le susurra Ana—. Dale recuerdos a tu madre de nuestra parte cuando la veas.
Pedro se acerca también y añade con tono casual:
—Y dile que nos avise la próxima vez que vaya al club.
Ambos intercambian una mirada cómplice antes de apagar la luz y salir de la habitación, dejando a Marisa sumida en un profundo sueño, sin saber si lo vivido ha sido real o una elaborada fantasía.

