La gatita traviesa

Miguel entra en el dormitorio con paso tranquilo. Lleva puestos unos pantalones de pijama a cuadros en tonos azules y grises, junto con una camiseta blanca de algodón suave. A través de la tela se adivina una musculatura bien trabajada y definida; sus brazos son poderosos y muestran la dedicación de muchas horas de entrenamiento.

Frente a él, en la cama, está Merche, su mujer. Se ha pintado cuidadosamente delineador negro alrededor de los ojos, dibujándose bigotes delicados y finos en las mejillas y una pequeña punta negra en la nariz. Lleva puestas unas orejas puntiagudas negras que sobresalen de su cabellera rubia, completando el disfraz felino.

Se ha puesto un conjunto de lencería negro, semitransparente, decorado con bordados elegantes. Le favorece muchísimo—tiene un cuerpo largo, esbelto y bien proporcionado. Mide aproximadamente uno setenta de altura. Sobre la cama el efecto visual se amplifica considerablemente. Se ha colocado de forma que su columna vertebral hace una ligera curva sensual, como cuando los gatos estiran las patas delanteras hacia adelante dejando las traseras en su lugar. Remata la escena una cola negra y esponjosa, que forma parte del plug anal que compró en las rebajas de la tienda erótica del barrio hace unas semanas. Exclama «miau» justo en ese momento, aunque es un miau ahogado y poco audible porque lleva un papel doblado en la boca.

Miguel no se lo puede creer, está absolutamente sorprendido. Hace apenas media hora estaban dándolo todo en la cama, con una intensidad considerable. En teoría la ha dejado completamente agotada, tirada sobre el colchón sin fuerzas. Pero, por lo visto, eso solo era teoría y no realidad. Mientras él se duchaba en el baño contiguo, ella montó este numerito elaborado. ¿De dónde diablos saca tanta energía renovada?

Merche empieza a moverse como un felino auténtico: lenta, delicada, elegante, controlando completamente la situación. Acerca su cara maquillada a la pierna del hombre indicándole con la mirada que coja la nota de su boca. «He convertido a tu mujer en gata porque no me deja dormir por sus gritos cuando folláis», lee él en voz baja después de recogerla con cuidado.

Mientras Miguel lee el mensaje con expresión divertida, ella muerde la tela del pantalón de pijama tirando hacia abajo con determinación para quitárselo. Él decide seguir el juego sin resistencia y la ayuda activamente, quedando desnudo de cintura para abajo en cuestión de segundos. Quedan al descubierto sus piernas bien trabajadas en el gimnasio—fuertes, musculosas aunque bastante pálidas. Se nota claramente que no tiene tiempo de ir al solarium con regularidad. Eso sí, están perfectamente depiladas y cuidadas.

Merche saca la lengua provocativamente y acaricia la suavidad de esos muslos desplazándose con lentitud deliberada hacia la zona más sensible y erógena. Al llegar a su destino tiene frente a ella un pene medio flácido y en reposo. Ha crecido un poco, no se puede negar ese hecho, pero ni de lejos tiene la turgencia y firmeza de hace tres horas. Va a ser difícil animarlo después de tanto esfuerzo. Pero a Merche le gustan los retos y las situaciones desafiantes.

Empieza su trabajo con lametones cortos y precisos, de la base al glande con movimientos rítmicos. Conoce perfectamente el punto débil de su marido, pero de momento no va a tocarlo directamente. Con cara de traviesa y ronroneando suavemente se acerca cada vez más al frenillo. El acercamiento es bien recibido, como lo demuestran claramente las reacciones involuntarias del órgano. La sangre empieza a acudir al miembro y el tronco a moverse ligeramente.

Cuando la lengua húmeda se apodera finalmente de ese punto tan sensible, la reacción es mucho más clara e inmediata. Empieza a volverse turgente y a cobrar vida. Y ya se sabe, la turgencia es la antesala inevitable de la erección completa. El pene se va despegando gradualmente de los testículos, formando ya un ángulo de aproximadamente treinta grados con respecto al cuerpo.

A la ocasión la pintan calva, nunca mejor dicho en este contexto, y Merche se apodera con la boca del glande de su marido aprovechando el momento. Solo la sensación de estar en una cavidad húmeda, caliente y acogedora aumenta la erección considerablemente y de forma notable. Aunque aún un poco flácido en la base, ya puede ser estimulado de forma adecuada y efectiva.

La mujer es hábil, muy hábil en estas artes. Sabe perfectamente cómo estimular un pene de manera efectiva. A sus treinta y cinco años ha conocido varios en su vida. Ese en concreto lo conoce a la perfección absoluta, a él y a su portador por igual. Por eso el pene ya tiene la dureza habitual y característica, la misma de hace tres horas cuando empezaron.

«Vaya, parece que la gatita quiere leche», exclama su marido con voz ronca. Ella abandona provisionalmente la felación durante un instante para mover afirmativamente la cabeza con entusiasmo. Inmediatamente vuelve a su labor con la dedicación concentrada de una artesana experta.

Miguel empieza a perder el control progresivamente. Sujeta la cabeza de su mujer con ambas manos con intención de introducir el pene en la garganta profundamente, pero ella no está para arcadas en este momento y lo detiene con una mano firme. No habrá follada de boca esta noche. Él lo comprende perfectamente y detiene la presión inmediatamente. Otra vez será, se dice mentalmente.

Pero no haberle dejado introducir el pene en la garganta no le quita un ápice de placer intenso. Los labios carnosos y la lengua hábil de la mujer vuelven a rozar con máxima eficacia y precisión.

Jugando deliberadamente con el deseo creciente del hombre, se retira unos centímetros atrayéndolo sutilmente a la cama. La sigue como zombi que ha olido sangre fresca. Ahora se ha puesto de rodillas sobre el colchón mullido, todo para no perder ni un segundo las caricias placenteras que le proporciona la boca de su mujer.

En escasos dos minutos se pone completamente tenso y un gemido profundo sale de su garganta. Una explosión potente de semen explota dentro de la boca de Merche. Ella lo recibe sin el más mínimo signo de repugnancia o rechazo y sin interrumpir el contacto visual directo. Parte del líquido espeso y caliente ha ido a parar a la parte posterior de la lengua, provocando un reflejo involuntario de tragar que su marido nota y aprecia.

Miguel se desploma literalmente sobre la cama cayendo pesadamente de costado, arrastrando consigo su pene aún parcialmente erecto. Las últimas gotitas van a parar a la cara de la mujer formando un pequeño bigote blanco, como los que se le formaban cuando de pequeña bebía la leche caliente al desayunar en la cocina de su madre. Cual gatita remilgada y sin cortar el contacto visual en ningún momento, se relame con la lengua borrando parte del dibujo del bigote improvisado.

El hombre yace de costado mostrando evidentes signos de agotamiento físico. Ha sido una noche larga, intensa y el remate parece haberlo dejado completamente sin energía. Ante este panorama de cansancio, Merche decide reaccionar y clava sus uñas en una de las nalgas del hombre, la que está expuesta. Provoca un respingón brusco que devuelve a la vida al bello predurmiente.

«Ni se te ocurra dormirte ahora, gandul. A ver si te crees que voy a ser yo la única que va a beber esta noche».

Inspirado en el juego:

Hechizo gatuno con consecuencias eróticas

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