El tercer hombre

El tercer hombre

Cuando la fantasía se vuelve realidad.

Cuando Sonia ha llegado a casa de Alberto hace media hora, se ha decepcionado un poquito. Su novio le ha mandado un correo esta mañana explicando con todo lujo de detalles y cómo iba a transcurrir su encuentro erótico. Por fin y tras varios meses intentándolo había conseguido organizar un trío con el chaval que conocieron en el club swinger al que acuden regularmente. Pero un momento después de entrar le ha explicado la imposibilidad de llevar a cabo sus planes, el chico está enfermo.

Está decepcionada pero también cachonda. Alberto no escribe nada mal, las descripciones concretas y explícitas le han disparado la imaginación y mojado la vulva. No va a dejar pasar la ocasión, aunque se haya convertido en un polvo en pareja de toda la vida. Sonia y Alberto llevan cinco años en una relación. No viven juntos, prefieren tener cada uno su propio espacio durante la semana y disfrutar así con entusiasmo de los fines de semana y las vacaciones. Ambos han tenido experiencias poco satisfactorias de la convivencia en pareja. Además Sonia tiene dos hijos de su matrimonio anterior y prefiere de momento no perturbarlos con la presencia de una persona nueva en su vida.

No iba a ser el primer trío. Comparados con la población en general podrían calificarse casi de expertos. Se estrenaron en un club swinger, con un chico de la barra. Hasta entonces se habían limitado a pasea para calentarse viendo “el espectáculo” y volverse a casa para terminar. No estuvo mal pero ella estaba nerviosa y su novio demasiado pendiente. No por temor a contactos homoeróticos, sino como una forma de protegerla. El segundo ya fue un poco mejor, ambos se relajaron y todo fluyó. Desde entonces han tenido cinco encuentros similares, uno de ellos con una chica. Se han adaptado perfectamente. Por eso se había ilusionado tanto.

Todos estos recuerdos han empezado a agitar y, sobre todo, calentar su cerebro. A estos pensamientos se han incorporado escenas imaginadas húmedas y tórridas. Y al run run de su cerebro se han unido otras partes de su cuerpo, llegando a formarse una sinfonía de excitación tremenda. Y en este momento su vagina parece un tetrabrick de caldo calentado al microondas.

Por esta razón se ha tirado igual a los brazos de Alberto. “¿No quieres cenar?” Le pregunta con cierto tono burlón. “Ahora me apetece más comer otra cosa” contesta ella antes de meterle la lengua hasta el fondo de la garganta. Hechos es un ovillo van del living hasta el dormitorio. Allí se quitan la ropa el uno al otro apresuradamente, sin importar las consecuencias. De un empujón hace caer al hombre sobre la cama. Casi sin solución de continuidad ella se monta a a horcajadas. Con gran habilidad coloca el miembro del hombre en su vagina y empieza a mover sus caderas.

Sonia ronda los cuarenta años pero su cuerpo no tiene nada que envidiar al de una jovencita de veinte. Es más bien bajita y un poco rechoncha, pero mantiene unas curvas realmente peligrosas. Quizá no podrá desfilar por las pasarelas de la Moda, pero cuando entra en el club todos los hombres giran la cabeza y muchas mujeres se unen al coro de admiración.

Tal como está sentada, tal como monta a su novio sus pechos rebotan de forma desordenada e imprevisible, creando así una imagen de opulencia erótica capaz de despertar el pene de un anciano de ochenta años. El de Alberto no es una excepción, lo nota duro pero suave, su vagina lo envuelve como un guante consiguiendo así sensaciones crecientemente placenteras. No tardará en llegar el orgasmo.

En un intento por sentir aún más placer ha cerrado los ojos, como queriendo aumentar su concentración. Pero al abrirlo ha observado una actitud extraña en su compañero. En lugar de fijarse en ella y su espléndido cuerpo agitándose tiene la cara vuelta hacia la puerta y hace señas con los ojos. Extrañada gira a su vez la suya para darse una agradable sorpresa. “Pero que coño…” grita. A escasos dos metros de ella ve la figura de un hombre joven. Es alto, bien proporcionado, luce músculos trabajados y adivina una tableta de chocolate de lo más apetecible. Agita la mano derecha sobre el pene. Se está masturbando.

Alberto levanta la mano y con delicadeza centra su cabeza. Ella comprende y vuelve a concentrarse en sus movimientos. Si hace un momento habían incrementado en frecuencia ahora se vuelven frenéticos. Se agita y gime en voz alta. A las sensaciones ya placenteras de montar a su hombre se une el morbo de saberse observada por otro.

Al final de su bachillerato se echó un novio tres años mayor. Ambos tenían muchas ganas y poco espacio íntimo donde saciarlas. Por eso recurrían al cobertizo de la piscina de su abuela. Iban invitados y cuando la señora se dormía tomando el sol ellos aprovechaban para sus escarceos amorosos.

Un día, mientras su novio estaba ocupado husmeando entre sus piernas, se dio cuenta de la presencia de un espectador. Era el jardinero, un hombre de unos cuarenta años. Y no sólo miraba, su mano derecha frotaba el pene con fruición.

Le entraron ganas de gritar para denotar la presencia del mirón. Pero se reprimió, eso sólo despertaría a su abuela. Al principio se sintió inquieta por si el hombre tomaba la decisión de acercarse. Pero al observar que la cosa no iba a más se relajó y entonces se dio cuenta de una cosa: Ver aquel hombre cascándosela la estaba poniendo muy caliente, mucho más que la inexperta lengua de su novio.

Y el efecto se incrementó cuando estableció contacto visual. Saberse observada y saber que el hombre sabía que la estaba observando potenció mucho su excitación. Tanto subió su temperatura que tuvo el primer orgasmo de su vida. Hasta entonces la cosa había sido agradable, pero nunca había experimentado tal explosión de placer.

No volvió a suceder. Entre otras cosas porque cortó con ese novio y se emparejó con otro ya asentado, con casa propia. Y con su nueva pareja, más experimentada, consiguió orgasmos igualmente intensos, pero la experiencia quedó en su mente y volvió en forma de fantasía. En algunas ocasiones lo recordaba y se ponía cachonda. Otras veces aparecía de forma espontánea provocándole cierta vergüenza.

Durante muchos años lo encontró muy raro. No se lo contó a nadie, ni si quiera al padre de sus hijos. Para ella fue un tabú. Pero la cosa cambió de forma dramática tras el primer trío. Una vez traspasada la frontera imaginaria de la pareja cerrada su mente se expandió, ya no le parecía tan raro. Un día, mientras cenaba con Alberto, con media botella de vino en su pequeño cuerpo, se lo explicó. Inmediatamente entro en barrena de vergüenza. Le hizo jurar sobre la tumba de su madre que nunca más hablarían del tema, la confidencialidad se daba por supuesta. De nada sirvieron los comentarios del hombre sobre lo normal de tener fantasías de ese tipo.

Sólo con el tiempo fue aceptando tanto su fantasía como su deseo y a verlos con normalidad. Dejo de sentirse rara y empezó a disfrutar e incluso a imaginar. Y Alberto, como buen observador, fue tomando nota de la marcha del proceso y evaluando si era el momento o no de convertir la fantasía en realidad. Hace una un mes ella dio pistas más que suficientes y su novio empezó a moverse para conseguir un voluntario. No fue muy difícil encontrarlo, con una escapada al club tuvo suficiente.

Unas semanas antes la presencia del chico hubiera cortado totalmente el rollo, pero ahora Sonia se encuentra en un estado mental capaz de disfrutar del morbo sin un nivel de culpa inasumible. Por eso al notar las gotas calientes y espesas de semen golpeando contra su espalda se vuelve literalmente loca. Agita las caderas con la rapidez de una locomotora desbocada y suelta todo tipo de improperios “¿Te gusta lo que ves cerdo?” “Cáscatela puto vicioso”.

A Alberto esa versión sexi de la Niña del Exorcista le hace casi imposible retener su eyaculación. Tiene el suelo pélvico a punto de reventar. Gracias a Dios o, mejor dicho, al morbo Sonia tiene un violento y sonoro orgasmo. Su cuerpo convulsiona, los gemidos se vuelven gritos y su vagina se contrae rítmicamente. El hombre puede por fin dejarse ir llenándola con su semen.

“Gracias” le susurra al oído, antes de relajarse totalmente y quedarse abrazada encima del cuerpo de su novio. Pasados unos minutos el chaval se estira en la cama al lado de la pareja. Sonia ladea la cabeza mira hacia la entrepierna del muchacho, vuelve a tener una erección notable. Guiñándole un ojo se dirige a su hombre para susurrar “Cariño, ahora te toca mirar a ti”.

Inspirado en el juego:

Anticipación de trío por via oral, concretada

Anticipación de trío por via oral, concretada
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