Hechicera humillada por seres encantados con ganas de venganza

La venganza de los encantados

Amelia entra en la cueva. Hoy tiene especiales ganas de disfrutar de su botín. Toma una antorcha y la enciende, por un pasillo estrecho entra en una amplia estancia. Se trata de una cavidad natural plagada de estalactitas. Allí prende varias antorchas consiguiendo una iluminación relativamente aceptable.

Dos figuras estáticas sentadas en sendos tronos presiden la sala. Se trata del príncipe Andrés y la princesa Diana. Hace ya más de un año son sus prisioneros. Gracias a dos hechizos los controla totalmente. El primero le permite provocarles un profundo sopor y el segundo anular su voluntad cuando los despierta.

Así puede disfrutar de ellos como quiera. Un placer sádico y muy, muy satisfactorio. Se siente poderosa. Una pobre campesina mueve a dos nobles a su voluntad, como si de marionetas se tratara.

Lo mejor de todo son los efectos del conjuro. Ellos cumplen su voluntad pero no dejan de sentir repugnancia cuando son obligados a hacer ciertas cosas. Y eso la satisface más aún. Ver la cara de asco de Andrés cuando penetra a su mujer no tiene precio.

Diana y Andrés son un matrimonio de conveniencia, como casi todos los de la nobleza. Pero este tiene unas características especiales. El príncipe es homosexual, muy homosexual. Antes de caer en sus manos no había tocado una mujer. Por otro lado la princesa era virgen e inmaculada en el momento de la boda y lo continuó siendo hasta caer en el encanto.  

Durante el camino ha ido recordando lo ocurrido hace apenas tres días. La princesa fue  despertando a los placeres de la carne gracias a participar en sus juegos. Aunque intentó disimularlo cada vez lo disfrutaba más. Y además se le notaba. Por eso decidió castigar su puerta trasera. Con un dildo de madera la penetró de forma despiadada. Podía haber ordenado a Andrés hacerlo, pero quería ser ella la ejecutora. Así su dominio se mostraba de forma más directa. Pero la muchacha parecía disfrutar aún más con eso.

Probó a humillarla obligándola a chupar sus pies y a lamer su sexo. Pero nada, la chica parecía ponerse aún más cachonda. Al parecer sentirse inferior a una campesina la excitaba mucho, tanto como para pasar por alto las diferencias sociales.

Lo intentó con el dolor. Más de una noche azotó el blanco trasero de Diana con una vara de fresno especialmente seleccionada por su dureza y elasticidad. Pero nada, a la chica le encantaba notar sus nalgas calientes y palpitantes tras una larga sesión de azotes. Era muy diferente a su marido, a él si le sentían mal las palizas. Y sobre todo le provocaban indignación y furia. Una furia inútil, pues su voluntad estaba totalmente controlada y vengarse era imposible.

Pero ese día tuvo una idea. Una forma de humillar y la vez frustrar a la princesa. Le ordenó copular con su marido, como de costumbre. Pero esta vez puso los cinco sentidos en observar el espectáculo, en fijarse bien en las reacciones de Diana.

Esperó pacientemente hasta adivinar en sus gemidos, movimientos inconscientes de cadera y en los cambios de expresión la proximidad del orgasmo. Y justo en ese momento dio la orden: “Para”.

La cara de la princesa mostró sorpresa, decepción y desconcierto. Giró la cabeza hacia donde estaba ella como pidiendo explicaciones. Pero la hechicera estaba decidida a continuar con su plan y sin mostrar la más mínima compasión volvió a ordenar: “Saca tu pene”.

El príncipe, obligado por el hechizo, obedeció dejando a su mujer profundamente frustrada. Frustrada y caliente, muy caliente. Pero la humillación no terminó aquí. A continuación la hechicera se tumbó en el suelo con las piernas abiertas mostrando su vulva húmeda y ordenó al marido poseerla. “Y tú, a mirar” le dijo antes de soltar una sonora carcajada.

La cara de Diana estaba roja tanto por el exceso de ejercicio como por la ira descontrolada que poseía ahora su mente. Por fin la había humillado, por fin la había frustrado. El orgasmo de la mujer fue espectacular.  

Hoy está dispuesta a repetir la experiencia. La excitación recorre su cuerpo. Va a ser una gran noche. Hoy va a disfrutar de verdad, desde el minuto uno.

 “Buenas noches principitos – grita- Ha llegado la hora de la diversión”. Y estalla en una gran carcajada.

Erguida frente a ellos,  con su báculo en alto pronuncia las palabras mágicas: “Adacadabra pata de cabra”.

Un sudor frío recorre su espalda. Se ha equivocado. El conjuro no es correcto. En un intento por enmendar el error vuelve a pronunciarlo. Grita: “abacadabra pata de cabra”. Pero es demasiado tarde. El efecto del hechizo desaparece. Las palabras de su abuela resuenan en su cabeza “Debes pronunciar correctamente un conjuro, porque de otra manera puede volverse contra ti”.

Se gira en dirección al pasillo para salir corriendo, pero justo en ese momento una mano la agarra del pelo y la hace caer al suelo de espaldas. Ante sus ojos aparece la imagen sonriente del príncipe. “Pues, si parece que vamos a divertirnos” le dice mientras apoya una daga en su cuello y la aprieta lo justo como para provocar la emisión de unas gotas de sangre.

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