A ciegas

A ciegas

Carla y Verónica tienen los ojos vendados. Están sentadas en sillas de oficina con ruedecitas. Una mano atada al reposabrazos y una pierna a la pata. La otra libre. Ambas llevan lencería fina, una blanca y la otra negra. También lucen tacones, del mismo color cada una. Tal como les ha ordenado Lord Valdemor, su amo.
Las ha hecho venir sólo con esa lencería, sin nada cubriendo su pubis y tapadas sólo con un abrigo largo. Carla no tanto, pero Verónica ha pasado mucha vergüenza. Desde pequeña ha sido muy pudorosa. Se ha sentido observada todo el camino, como si la gente tuviera visión de rayos X. Cuando ha llegado al lugar del encuentro tenía la cara ardiendo, la cara y la vulva. Porque la situación la ha excitado muchísimo.
Solo entrar les ha ordenado quitarse el abrigo para comprobar el cumplimiento de sus órdenes. A continuación las ha atado a las sillas y les ha vendado los ojos. Ahora están allí, sentadas, esperando.
Verónica da un bote cuando nota una mano en el brazo libre. Seguramente es el amo, piensa, pero no puede estar segura porque no puede ver. Dócil deja a la persona orientar su mano hacia donde está sentada su compañera. Sus dedos rozan una piel suave y delicada para acabar entrando en una cavidad caliente y húmeda. Sin duda su vagina. Quien la guía coloca su mano en forma de pinza quedando el dedo gordo encima de una protuberancia dura. Sin duda el clítoris. Pasados unos segundos nota en ella misma lo acaecido a su compañera. Unos dedos se introducen en su vagina quedando en la misma disposición que los suyos.
“Hoy me siento generoso, debe ser el espíritu navideño. De entrada no va a haber castigo, si hacéis caso, claro. Ahora os vais a masturbar la una a la otra, como buenas compañeras. Si lo hacéis bien y lográis correros las dos a la vez no tendré que hacer algo que no quiero hacer. Os doy una pista: 4 de julio”
Las dos chicas se estremecen ante la mención de la fecha. Ese día las dos fueron llevadas a un club donde estuvieron toda la noche sirviendo de esclavas satisfaciendo los caprichos de todos los asistentes. Les pegaron, las penetraron con dildos monstruosos, varias mujeres les tiraron el squirt y varios hombres eyacularon en ellas. Pero lo peor no fue esto, lo peor fue el castigo del amo cuando terminó la fiesta: Las obligó a lamer todos los flujos primero de sus cuerpos, después los de los cuerpos de los asistentes y por último del local. La humillación fue terrible, sobre todo para Verónica, tan elegante y tan presumida, a quien exhibió desnuda y cubierta de grumos de semen ante todos los participantes y obligó a contemplarse frente a un espejo mientras su compañera la limpiaba con su lengua. Esa noche tuvo uno de los orgasmos más potentes de su vida.
“No voy a estar aquí toda la noche contemplándoos. Tenéis veinte minutos, si en veinte minutos no os habéis corrido, y las dos a la vez, Poneos a temblar. Alexa. Empieza una cuenta atrás de veinte minutos”. La máquina contesta “iniciando cuenta atrás veinte minutos”.
Ambas chicas se ponen a la tarea con entusiasmo y alivio. Se saben rápidas. Veinte minutos da para cuatro o cinco orgasmos. Valeria no lo es tanto pero ha mejorado mucho, sobre todo después de aquel 4 de Julio. Antes tardaba una eternidad.
Enseguida dan con la técnica correcta. Tal como tienen las manos lo más eficiente es frotar el clítoris con el dedo gordo. Sin mucha presión, con movimientos circulares.
Pasados escasos cinco minutos Verónica empieza a notar la inminencia del orgasmo. Como siempre suplica “Por favor, señor ¿Puedo correrme?” y como siempre, la primera vez no hay ni respuesta. Es sólo a la cuarta o la quinta cuando el amo Valdemor las deja experimentar.
A las suplicas solistas de la chica se unen ahora las de Carla formando un dueto de ruegos. Música para los oídos del amo. Él disfruta de esa ansiedad, le da un placer especial verlas retorcerse intentando evitar lo inevitable. Como si se apiadara de ellas exclama en voz alta “¡Podéis correros!” para, a continuación dar una patada a la silla de Verónica y alejarla dos metros de su compañera. Han estado muy cerca, casi han tocado el orgasmo y el cumplimiento de la misión. Pero el premio se ha alejado justo antes de alcanzarlo.
Valdemor ríe sonoramente. “Pensabais que iba a ser fácil. Pobres criaturas ¿Cuándo os es permitido llegar al orgasmo tan temprano? Deberíais ser un poco menos ilusas. El tiempo pasa y cada segundo acerca ese cuatro de Julio”.
Ambas chicas empiezan una danza ridícula y humillante. Con la pierna libre se mueven buscándose para continuar con la masturbación. Mientras de Alexia irrumpe en la escena “Quedan 15 minutos”.
A ciegas, con un brazo y una pierna atada a la silla encontrarse es difícil. Pero lo logran. Con la mano libre, casi al unísono, detectan el muslo de la compañera y suben por el hasta encontrar la vulva. Vuelven a empezar el ritual.
El ritual es un poco injusto. Porque obligadas como están a pedir permiso para llegar a la cumbre, advierten al amo y este puede volver a separarlas. A Lord Valdemor le importa un pito ser injusto. Es más, le divierte mucho serlo. Por eso lo vuelve a hacer.
Lo repite varias veces y la diversión empieza a volverse aburrimiento. Por eso decide ponerle algo de picante al jueguecito y coloca dos vibradores con mando a distancia en cada una de las vaginas. Y lo hace cuando ambas están separadas tres metros. “Vamos a ver – Dice – Voy a activar los vibradores justo ahora. Si conseguís encontraros y quitároslos para después estimularos, os dejaré llegar al orgasmo y cumpliereis la misión. Pero si una de las dos se corre antes o lo hacéis ambas a la vez después de tiempo, preparaos”. “Quedan cinco minutos” dice Alexa como rematando la frase del amo.
Valeria nota la vibración intensa dentro de su vagina. Está muy excitada, ha estado a punto de llegar al orgasmo en tres ocasiones, su clítoris le duele de tan hinchado como está. Contrae sus músculos pélvicos en un intento de evitar la llegada del placer mientras con la pierna mueve la silla con ruedas buscando a su compañera. “Quedan cuatro minutos” declara Alexa. No lo va a conseguir.
Inmersa en este funesto pensamiento de repente nota el contacto de su mano libre con la rodilla de Carla. Se agarra a ella para cercarse y trepar con su mano a hasta la vagina. Oye sus gritos y reniegos. “Mierda, mierda, mierda” grita su compañera en un intento de liberar la gran cantidad de energía concentrada en su clítoris.
La mano de Verónica llega a la entrada de la vagina de Carla y en un rápido y hábil movimiento consigue quitar el vibrador. El amo, sorprendido, aplaude. “Por favor Vero quítamelo, no puedo aguantar” Grita Carla.
Para su amiga es mucho más fácil solo debe subir por el muslo y hacerse con el vibrador. Nota las uñas clavándose en su piel, pero no le importa. Mientras llegue y le quite el cacharro, todo dolor es bueno.
Las vibraciones aumentan de repente. Sin duda el amo ha aumentado la intensidad, pero la mano de Carla ha llegado a su objetivo, ahora sólo queda extraer aquella máquina infernal de su vagina. Y la chica lo intenta pero el abundante flujo se lo pone muy difícil. Sus dedos resbalan provocando cambios de posición del vibrador. Movimientos que aumentan en lugar de disminuir la estimulación.
La mente de Verónica se nubla, su voluntad desaparece y estalla en un sonoro orgasmo involuntario acompañado de un esquirt tremendamente evidente. Y lo hace justo en el momento en que su amiga ha logrado extraer el trasto. Por un instante es todo placer, pero una vez superada esta fase su cuerpo se estremece de miedo, no lo ha logrado y ahora le espera, les espera una humillación y un castigo terribles. “Cinco, cuatro, tres, dos, uno…” Termina Alexa una ya innecesaria cuenta atrás.

Humillación de personas cegadas con un toque extra de crueldad

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