La conversión

La conversión

A veces la vida te da sorpresas

Justo cuando la diablesa Deborah está a punto de entrar en la morada de un santo varón para tentarlo nota una mano en el hombro. Al girarse aparece ante si una imagen a la vez celestial y altamente erótica.

Astrael, un ángel de tercera categoría luce un estrecho top de color blanco, una tanga diminuta también blanco, unas medias blancas con liguero también blanco. Todo blanco. Su cabellera de oro se desparrama por la espalda donde dos grandes alas también blancas se despliegan bastante por encima de su tamaño. Sus ojos verdes, intensos se clavan en ella.

– Hola ¿Qué buscas aquí? Sabes que no tienes poder. Los humanos tienen libre albedrío, deben decidir.

– Claro, lo sé perfectamente. No puedo impedir que hagas tu trabajo, sólo si el humano me reza puedo hacer algo. Pero  en ese caso es segura mi intervención. Me lo sé de memoria.

– ¿Entonces?

– Entonces, pues… Eres un súcubo muy atractivo… Quizá haya mejor manera de pasar el tiempo…

– ¿Te estás refiriendo a “pasar el tiempo”? – Dice incrédula Deborah – Pero si no tenéis sexo… Al menos esto se dice en el Infierno.

– No tenemos – Contesta el ángel llevando la mano de la diablesa hacia su entrepierna – Pero tenemos lengua y manos. A ti te encantan las manos, mejor dicho los dedos.

Deborah pasa acaricia por encima del tanga del ángel sin apreciar protuberancia alguna, ni grande ni pequeña. Tampoco  hay hendidura, ni signos de humedad. Definitivamente ahí no hay nada.

“¿Convencida)” le dice el ángel mientras se acerca a su cara dejando los labios a un par de centímetros.

Criatura lujuriosa como es, el súcubo se lanza a su boca penetrándola con la lengua hasta la garganta. Le encanta el cuerpo andrógino del ángel, ni hombre ni mujer, o mejor dicho: Las dos cosas a la vez. ¿Sentirá placer? Eso se pregunta mientras mueve las manos por su piel.

Espera, criatura – la detiene Astrael – Quien si tiene sexo y por cierto muy mojado, eres tú. Las diablesas van desnudas, no tienen pudor. Por eso le ha sido muy fácil hacer la comprobación. Ha notado, además, una inflamación no indiferente en la vulva y un botoncito caliente y duro luchando por salir de su protección.

Los dedos y, sobre todo, la habilidad digital del ángel la desarma totalmente. Uno de ellos ya ha entrado en su vagina y se mueve en círculos dentro de ella. La otra mano está sobre su clítoris y lo masajea, con firmeza pero delicadamente. Con la presión justa.

“A ver cuanto me aguantas” le suelta al oído. “poco” le contesta realista. Efectivamente, los dedos son su perdición y los dedos de Astrael lo son aún más. El calor va subiendo, se vuelve insoportable y eso teniendo en cuenta de dónde viene. También las oleadas de placer, van siendo cada vez más fuertes. Empieza a mover las caderas involuntariamente.

En ese momento todo se detiene. Como despertando de un sueño la diablesa sube la cabeza. Segundos antes la tenía totalmente arqueada. “¿Qué haces?” consigue decir. “Me paro”, le contesta con una amplia sonrisa. “¿Por qué?” le suplica. “Porque no estoy seguro que te lo merezcas”. “¿Cómo?” “Mira, yo no puedo dar placer a un ser infernal. Es algo muy feo. Pero si pidieras perdón, si te arrepintieras, entonces sí”. “Arrepentirme ¡Nunca!” Le contesta la diablesa. Si algo ha aprendido tras milenios de residencia en el inframundo es que un diablo jamás se arrepiente, jamás pide perdón.

Es muy orgullosa, pero también muy caliente. Algo que queda de manifiesto porque no es capaz de escapar a los dedos del ángel, que se han vuelto a activar. Otra vez cerca del orgasmo y otra vez parón.

Cuando lleva seis veces ya no aguanta más. “Me arrepiento, me arrepiento” grita. “¿De verdad?” contesta el ángel. “Siiii, por favor, siii. No vuelvas a parar”. “Me alegro mucho” y sosteniendo su cabeza entre las manos para no perder el contacto visual aumenta el ritmo, esta vez sin paradas, hasta el final.

El orgasmo de Deborah es glorioso. Literalmente sube hasta el séptimo cielo y se desmorona contra la pared, cayendo al suelo. Queda sentada, con las piernas abiertas como una muñeca deslavazada.

El ángel la deja reposar unos minutos y urga en su tanga. Saca una coquilla de plástico. “Joder, por fin puedo liberarla. Vaya dolor de huevos que llevo. Eres una cabrona, venga a resistirte y yo venga a trempar contra este artilugio. Pero ahora me vas a resarcir le dice indicando con el dedo una fuerte erección.

Inspirado en el juego:

Seducción angelical de demonio lujurioso

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Seducción angelical de demonio lujurioso

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