¡Gibraltar español!

En la España de los años cincuenta los prostíbulos no eran legales pero estaban tolerados y censados. En 1942 existían unos 1140 y, por supuesto, muchos más clandestinos. Cada una de las prostitutas de un burdel controlado  tenía una cartilla sanitaria donde el médico ponía su sello tras las convenientes revisiones. El régimen era muy cuidadoso en esto pues los asiduos a dichos locales eran en su mayoría militares y policías. Era necesario evitar una pérdida de fuerza represora por causa de las enfermedades de Venus.  

No era Francisco Franco precisamente un asiduo, no lo fue ni en África durante su juventud. Es de todo el mundo conocida su poca afición por el sexo.

En esto contradijo de forma palmaria  a su antecesor en el cargo de dictador, Miguel Primo de Rivera. Quien murió precisamente en un burdel de París tras ser defenestrado por el Borbón unas semanas antes.

Pues bien, a pesar de no tener afición por el fornicio toleró la de sus compañeros de armas sin ningún problema. Así conseguía calmar la rijosidad de sus hombres y añadir un poquito más de humillación al bando vencido, pues muchas de las prostitutas eran hijas, mujeres y viudas de republicanos.

El morbo de tirarse a la mujer de uno de los "enemigos de españa" fue siempre un incentivo para los nacional catòlicos por eso empresarias del sector vieron ahí lo que ahora se llama "nicho de mercado".

Un ejemplo de esta perspicaz visión empresarial es lo ocurrido en 1953 en un prostíbulo de la calle Echegaray.

Regentaba aquella casa de lenocinio una mujer de origen uruguayo con muchos contactos entre los jerarcas franquistas.

En uno de los descansos entre cliente y cliente escuchó como sus pupilas comentaban el gran parecido de una de ellas con la por entonces joven reina de Inglaterra Elisabeth II.

Ni corta ni perezosa encargó a la modista un traje como el que la reina luciera en su coronación y ordenó a la prostituta ataviarse con él.

Y no acababa aquí el montaje, se trataba de una representación completa. El cliente le besaba la mano y algunos incluso se arrodillaban. Ella respondía altiva a los agasajos convirtiendo el polvo en una representación morbosa de las fantasías eróticas de muchos clientes.

Destacaba la variante patriótica del show. Muchos falangistas pedían el servicio y lo disfrutaban vestidos de uniforme con espuelas incluida. Tirarse la reina de Inglaterra con camisa azul "que tú bordaste en rojo ayer" era una forma de desahogarse de las humillaciones que la pérfida Albión infringía a su patria.

Se rumorea que un jerarca del régimen pagaba por un ser obsequiado con un "Gibraltar Español" justo en el momento de la culminación del acto.

En aquella España de alpargata y nacional catolicismo el régimen logró incluso dictar el comportamiento de las prostitutas.

 

Esta historia la he sacado de un libro titulado "De la Alpargata al seiscientos" de Juan Eslava Galán. Un gran divulgador de la Historia.

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