Casanova en Barcelona

Entre las ciudades que tuvo a bien visitar el caballero galante más famoso del siglo XVIII estuvo la Ciudad Condal.
Llegó el italiano acompañando a Nina Bergonzi una actriz muy popular que había conocido en Valencia. De carácter temperamental, rebelde por naturaleza y con tendencia al escándalo, había sido desterrada a  Valencia por pasarse las normas de la iglesia por su hermoso jardín de Venus.
Y no es exactamente una metáfora porque la señora protagonizó un escándalo donde esa parte tuvo un protagonismo destacado. En uno de sus bailes más celebrados, la rivaltada, mientras hacía una cabriola,  enseño sus prendas íntimas al público. Ese gesto molestó a los censores que le prohibieron con energía volver a mostrar su ropa interior.
Nina, en un arrebato de rebeldía, hizo caso a la orden pero a su manera. Para solaz y exaltación del público masculino bailó la danza sin ropa interior. Por supuesto hizo la cabriola y quedaron expuestas sus “delicias de Venus”.
La Santa Inquisición no se destacaba por su sentido del humor e intervino deteniendo a la susodicha. Cualquier otra persona hubiera terminado con sus huesos en la cárcel, al menos por una temporada. Pero la Bergonzi era la amante oficial de Ambrosio de Funes Villalpando Abarca de Bolea, Conde de Ricla, por entonces Capitán General de Cataluña. Y, claro, la justicia eclesiástica se mostró más benevolente. Una benevolencia que no impidió su expulsión de la ciudad por una temporada.
En Valencia, durante su exilio dorado y en una corrida de toros, conoció a Giacomo Casanova. El seductor se convirtió en su amante y compartió días y noches en la ciudad del Turia hasta que fue llamada por su amante (el oficial) a Barcelona. Y Casanova la acompañó.
Entonces como ahora era muy difícil esconder estas cosas y el Capitán General fue oportunamente informado. A pesar de ser un hombre ilustrado, un caballero y profesar ideas liberales, como buen español, era propenso a sentirse preocupado por posible adornos en su cabeza.
Una propensión que lo llevó a citar a Casanva en su palacio para preguntarle por la duración de su estancia en Barcelona. Obteniendo por respuesta “Estaré en la ciudad el tiempo que considere oportuno”.

Ante esa actitud decidió el conde marcar estrechamente al conocido seductor. Le asignó vigilancia las veinticuatro horas del día y le mandó varios avisos a través de oficiales a su servicio.
Casanova fue muy prudente y no visitó nunca a su amante en horas intempestivas para no dar que hablar. Sin embargo un día, volviendo a su posada, fue asaltado por unos rufianes. Se defendió e hirió a varios de ellos antes de la llegada de la autoridad. Pero la policía lo detuvo a él y lo llevó ante el Capitán General que lo condenó a prisión por escándalo público.
No fue un complot. Al parecer aquellos matones los había enviado un pintor italiano con los que Giacomo tenía cuentas pendientes. Pero como dice el refrán: “A la ocasión la pintan calva” y el conde aprovechó la oportunidad de librarse de su rival.
Fue conducido el veneciano a la Torre de San Juan, en la odiada Ciudadela y allí estuvo preso unos meses. Hay que decir que su reclusión, al ser hombre notable y bien posicionado, no fue precisamente cruel. Tuvo un soldado como criado, se le dio una cómoda cama y utensilios para escribir. Tal fue la comodidad del prisionero que pudo dedicar sus días a escribir un tratado de Historia.
Al final gracias a varios sobornos consiguió abandonar la prisión y encaminarse a Francia, donde sufrió otro asalto por parte de los matones que el pintor había contratado.
Sus vivencias en Barcelona no fueron precisamente alegres, sin embargo sí dedicó varios elogios a la ciudad y sus pobladores. Una aventura más de las muchas protagonizadas por un hombre ilustrado y muy galante con las mujeres.

 

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